lunes, 25 de enero de 2016

ENTONCES, ¿PARA QUÉ SIRVE LA RELIGIÓN?




CAPITULO: 8 ENTONCES, ¿PARA QUÉ SIRVE LA RELIGIÓN?

En cierto modo, hace quince años que escribo este libro. 

Desde el día en que escuché por primera vez la palabra "progeria" y me dijeron su significado, sabía que un día debería enfrentar la declinación y muerte de Aarón.

 Y sabía que, después de su muerte, sentiría la necesidad de escribir un libro, para compartir con los demás la historia de cómo logramos seguir creyendo en Dios y en el mundo a pesar de nuestro gran dolor.

No sabía qué título le pondría, y no estaba totalmente seguro de lo que diría. Pero sabía que la página siguiente al título contendría una dedicatoria a Aarón.

Con los ojos de mi mente, podía visualizar la dedicatoria y, debajo de ella, la cita de la Biblia, las palabras del Rey David después de la muerte de su hijo: “¡Absalón, hijo mío! ¿Por qué no habré muerto yo en tu lugar?”

Pero un día, un año y medio después de la muerte deAaron, noté que estaba visualizando esa página de un modo diferente. 

En lugar del pasaje en el cual David desea estar muerto y su hijo vivo, vi con los ojos de mi mente las palabras de David después de la muerte de otro niño fallecido.

Con anterioridad, el pasaje que finalmente utilicé,en parte, en la dedicatoria de este libro:

Pero David advirtió que sus servidores hablaban sigilosamente entre ellos, y comprendió que el niño había muerto. 

Entonces les preguntó: "¿Ha muerto el niño?" Y ellos le dijeron: "Sí, está muerto".

David se levantó del suelo, se bañó, se perfumó y se cambió de ropa. 

Luego entró en la Casa del Señor y se postró. Una vez que volvió a su casa, pidió que le sirvieran de comer y comió.

Sus servidores le dijeron: "¿Qué modo de proceder es este? Cuando el niño estaba vivo, ayunabas y llorabas. ¡Y ahora que él ha muerto, te levantas y te pones a comer!" 

Él respondió:

"Mientras el niño vivía, yo ayunaba y lloraba, pensando: '¿Quién sabe? A lo mejor el Señor se apiada de mí y el niño se cura'. Pero ahora que está muerto, ¿para qué voy a ayunar? ¿Acaso podré hacerlo volver? Yo iré hacia él, pero él no volverá hacia mí". (II Samuel 12:19-23)

Supe, entonces, que había llegado el momento de escribir mi libro. 

Había superado la lástima que sentía por mí mismo y aceptaba la muerte de mi hijo. 

Un libro que le hablara a la gente de mi dolor no sería beneficioso para nadie. Debía ser un libro que afirmara la vida. Tendría que decir que nadie nos prometió nunca una vida exenta de dolores y decepciones. 

Lo máximo que nos prometieron fue que no estaríamos solos en nuestro dolor, y que podríamos recurrir a una fuente externa a nosotros para obtener la fortaleza y el valor que necesitáramos para superar las tragedias y las injusticias de la vida.

Yo soy una persona más sensible, un pastor más eficaz, un consejero más comprensivo debido a la vida y la muerte de Aaron de lo que jamás lo hubiera sido sin ellas. 

Y renunciaría a todo eso en un segundo si pudiera tener nuevamente a mi hijo conmigo. 

Si pudiera elegir, renunciaría al crecimiento y profundidad espirituales que he obtenido a partir de nuestras experiencias, y sería lo que era hace quince años, un rabino promedio, un consejero indiferente que ayudaba a algunas personas y no podía ayudar a otras, para ser el padre de un niño brillante y feliz.

Pero no puedo elegir.

Creo en Dios. 

Pero no creo las mismas cosas acerca de Él que creía hace muchos años cuando estaba creciendo o cuando era un estudiante de teología. 

Reconozco sus limitaciones. Lo que Él puede hacer está limitado por las leyes de la naturaleza y por la evolución de la naturaleza humana y la libertad moral humana. 

Ya no hago a Dios responsable de las enfermedades, los accidentes y los desastres naturales porque comprendo que gano muy poco y pierdo mucho cuando culpo a Dios de esas cosas. 

Puedo venerar a un Dios que detesta el sufrimiento pero no puede suprimirlo, con más facilidad de la que puedo venerar a un Dios que elige hacer sufrir y morir a los niños, por más elevadas que sean sus razones.

Hace algunos años, cuando estaba de moda la teología de la "muerte de Dios", recuerdo haber visto un autoadhesivo que decía: "Mi Dios no está muerto; lamento que el tuyo lo esté". Creo que mi autoadhesivo debería decir: "Mi Dios no es cruel; lamento que el tuyo lo sea".

Dios no causa nuestras desgracias. 

Algunas se originan en la mala suerte, otras por los actos de malas personas, y otras, simplemente, como consecuencia inevitable de que seamos humanos y mortales y vivamos en un mundo de leyes naturales inflexibles. 

Las cosas dolorosas que nos suceden no son castigos por nuestra mala conducta, ni tampoco forman parte de un plan maestro de Dios. 

Debido a que la tragedia no se produce por voluntad de Dios, no debemos sentimos heridos o traicionados por Dios cuando la tragedia nos golpea. 

Podemos recurrir a Él en busca de ayuda para superarla, precisamente porque podemos decimos que Dios está tan indignado por ella como nosotros.

"¿Significa eso que mi sufrimiento no tiene sentido?" Ese es el desafío más importante que debe enfrentar el punto de vista que sostengo en este libro. 

Somos capaces de soportar casi cualquier dolor o decepción si pensamos que existe una razón para ello, que tiene un fundamento.

Pero inclusive una carga mucho más pequeña nos resulta insoportable si consideramos que no tiene sentido. 

Los pacientes de los hospitales de veteranos que han recibido heridas graves en combate se adaptan con más, facilidad a sus heridas que los pacientes que han sufrido la misma herida cuando estaban jugando al basquet o nadando en una piscina porque se pueden decir a sí mismos que sus sufrimientos se deben, por lo menos, a una buena causa. 

Del mismo modo, los padres que se pueden convencer de que la discapacidad de su hijo sirve a algún objetivo, la aceptan mejor.

¿Recuerdan la historia bíblica acerca de Moisés, en el capítulo 32 del Éxodo? En esa historia, Moisés bajó del Monte Sinaí y vio a los israelitas adorando el becerro de oro. 

Entonces, arrojó al suelo las piedras de los Diez Mandamientos Y se hicieron trizas. 

Una leyenda judía relata que cuando Moisés bajaba de la montaña con las dos piedras en las cuales Dios había escrito los Diez Mandamientos, no tuvo problemas para cargarlas aunque eran pesadas y grandes y el sendero, empinado. 

Después de todo, aunque eran pesadas, estaban escritas por Dios y eran valiosas para él.

Pero según la leyenda, cuando Moisés llegó al lugar donde se encontraba la gente bailando alrededor del becerro de oro, las palabras desaparecieron de la piedra. 

Las rocas volvieron a ser piedras en blanco y entonces le resultaron demasiado pesadas y no pudo sostenerlas.

Somos capaces de soportar cualquier carga si pensamos que lo que estamos haciendo tiene un significado. 

Cuando digo que no son enviadas por Dios como parte de Su plan maestro, ¿he hecho acaso que a la gente le resulte más difícil aceptar sus enfermedades, sus tragedias, sus desdichas familiares?

Permítanme sugerirles que las cosas malas que nos suceden durante nuestra vida carecen de significado cuando nos suceden a nosotros. 

No se producen por ninguna buena razón que haría que las aceptáramos de buen grado.

Pero podemos darles un significado. Podemos redimir esas tragedias de su carencia de sentido, imponiéndoles mi significado desde nosotros mismos. La pregunta que debemos hacernos no es: " ¿Por qué me sucede esto a mí? ¿ Qué hice para merecer esto?" Esa es, en realidad, una pregunta inútil y sin respuesta. 

Sería preferible preguntarnos: "Ahora que me ha sucedido esto, ¿qué voy a hacer al respecto?"

Martin Gray, sobreviviente del gueto de Varsovia y del Holocausto, relata su vida en un libro titulado Por aquellos que amé. 

Cuenta que, después del Holocausto, rehízo su vida, tuvo éxito, se casó y formó una familia. La vida le parecía buena después de los horrores del campo de concentración. 

Pero un día, su esposa e hijos fallecieron cuando un incendio forestal destruyó su casa en el sur de Francia. Gray estaba desesperado,esa nueva tragedia lo llevó al borde de la locura.

La gente le insistía en que exigiera una investigación para averiguar las causas del incendio, pero él prefirió emplear sus recursos en un movimiento para proteger la naturaleza de incendios futuros.

Gray explicó que una investigación se concentraría únicamente en el pasado, en cuestiones de dolor, pena y culpa. 

Él deseaba concentrarse en el futuro.La investigación lo enfrentaría con otras personas -" ¿alguien cometió una negligencia?, ¿de quién fue la culpa?" -, y enfrentarse a los demás, buscar un villano, acusar a otras personas por el dolor propio, sólo deja más sola a una persona que ya lo está. La vida, concluyó, debe ser vivida por algo, no contra algo.

Nosotros también debemos superar las preguntas que se concentran en el pasado y en el dolor –“¿por qué me sucedió esto a mí?”- y hacernos, en cambio, la pregunta que abre las puertas del futuro: "Ahora que me ha sucedido esto, ¿qué voy a hacer al respecto?"

Permítanme citar nuevamente a Dorothee Soelle, la teóloga alemana que cité en el capítulo 5, cuando preguntaba de qué lado pensábamos que estaba Dios en los campos de concentración, del lado de los asesinos o del lado de las víctimas. 

Soelle, en su libro Sufrimiento, sugiere que "la pregunta más importante que podemos hacer acerca del sufrimiento es a quién le resulta útil. ¿Sirve nuestro sufrimiento a Dios o al diablo, la causa de estar vivos o de estar moralmente paralizados?"

Soelle no desea que nos concentremos en el origen de la tragedia sino en el punto hacia el cual nos lleva. En ese contexto se refiere a los "mártires del demonio". ¿Qué significado le da a esa frase?

Estamos familiarizados con la idea de que varias religiones honran la memoria de mártires por Dios, personas que murieron para dar testimonio de su fe.

Al recordar su fe frente a la muerte, nuestra propia fe se fortalece. Esas personas son mártires de Dios.

Pero las fuerzas de la desesperación y el descreimiento también tienen sus mártires, personas cuya muerte debilita la fe de otras personas en Dios y en Su mundo.

Si la muerte de una anciana en Auschwitz o de un niño en una sala de hospital nos hacen dudar de Dios y no nos permiten afirmar las bondades del mundo, entonces esa mujer 

Y ese niño se convierten en "mártires del demonio", san testimonios contra Dios, contra la plenitud de sentido de una vida moral, en lugar de ser testimonios a favor de Él. 

Pero (y este es el punto más importante de Soelle) no son las circunstancias de su muerte las que los convierten en testigos a favor o en contra de Dios. Sino nuestra reacción frente a su muerte.

Los hechos de la vida y de la muerte son neutrales.Nosotros, con nuestra respuesta, le damos al sufrimiento un significado positivo o negativo. 

Las enfermedades, los accidentes, las tragedias humanas matan gente. Pero no matan, necesariamente, la vida o la fe. 

Si la muerte y sufrimiento de una persona amada nos vuelve amargados, envidiosos, nos aparta de la religión, nos incapacita para ser felices, nosotros convertimos a la persona que falleció en uno de los "mártires del demonio". 

Si el sufrimiento y la muerte de alguien muy próximo a nosotros nos hace explorar los límites de nuestra capacidad de fortaleza, amor y alegría, si nos lleva a descubrir fuentes de consuelo que no sabíamos que existían, entonces nosotros convertimos a esa persona en un testigo de la reafirmación de la vida en lugar de su rechazo.

Eso significa, sugiere Soelle, que aún podemos hacer algo por las personas que quisimos y perdimos.

No podemos mantenerlos Con vida. Quizá, ni siquiera podamos atenuar su dolor. Pero podemos hacer algo crucial por ellos después de su muerte: hacerlos testigos de Dios y de la vida, en lugar de convertirlos, con nuestra desesperación y pérdida de fe, en los "mártires del demonio".

Los muertos dependen de nosotros para su redención y su inmortalidad.

Las palabras de Soelle nos indican que podemos actuar positivamente frente a una tragedia.

Pero, D' el rol de Dios? Si Dios no causa las cosas malas que le suceden a la gente buena, y si no puede impedirlas, ¿para qué sirve?

En primer lugar, Dios ha creado un mundo en el cual suceden muchas más cosas buenas que cosas malas. 

Los desastres de la vida nos perturban no sólo porque son dolorosos sino porque son excepcionales. La mayoría de las personas se despierta sintiéndose bien la mayoría de los días.

La mayoría de las enfermedades son curables. La mayoría de los aviones decolan y aterrizan a salvo.

La mayoría de las veces, cuando dejamos salir a jugar a nuestros hijos, regresan a salvo a casa. 

El accidente, el robo, el tumor inoperable son excepciones desgarradoras, pero son excepciones que se
producen muy raras veces. 

Cuando una tragedia nos golpea, sólo podemos ver y sentir la tragedia. Sólo con el correr del tiempo y tomando distancia, podemos ver la tragedia en el contexto de una vida completa y un mundo completo. 

En la tradición judía, la oración especial que se conoce como el Kaddish de los Deudos no versa acerca de la muerte sino de la vida y alaba a Dios por haber creado un mundo básicamente bueno en el cual es posible vivir. 

Al recitar esa oración, los deudos recuerdan todo lo bueno, aquello por lo que vale la pena vivir. Hay una diferencia crucial entre negar la tragedia, insistiendo en que todo es para bien, y ver la tragedia en el contexto de una vida completa, conservando los ojos y la mente fijos en lo que nos ha enriquecido y no solamente en lo que hemos perdido.

¿Qué diferencia marca Dios en nuestra vida, si Él no mata ni cura? Dios inspira a las personas para que ayuden a otras personas que han recibido una herida de la vida y, al ayudarlas, las protegen del peligro de sentirse solas, abandonadas o juzgadas. 

Dios hace que algunas personas deseen ser médicos y enfermeras, y que pasen día y noche haciendo sacrificios que no se pueden compensar con todo el dinero del mundo para Conservar la vida y aliviar el dolor. Dios mueve a otras personas a que deseen ser investigadores y concentren su inteligencia y energía en las causas y curas posibles para algunas de las tragedias de la vida. 

Cuando yo era niño, el principio del verano tenía el clima más agradable del año en la ciudad de Nueva York, pero era una época de temor para las familias jóvenes porque podía desatarse una epidemia de polio. 
Pero los seres humanos emplearon la inteligencia que les dio Dios para eliminar ese temor. 

En toda la historia de la humanidad hubo plagas y epidemias que destruyeron ciudades completas. 

La gente consideraba que debía tener seis u ocho hijos para que, por lo menos,algunos sobrevivieran hasta la edad adulta. 

La inteligencia humana ha llegado a una mayor comprensión de las leyes naturales en lo que respecta a higiene, gérmenes, inmunización, antibióticos, y ha logrado eliminar muchos de esos flagelos.

Dios, que no causa ni impide las tragedias, ayuda dándoles a las personas inspiración y deseos de ayudar. 

Como dijo un rabino jasídico del siglo XIX:


"Los seres humanos son el lenguaje de Dios". Dios no demuestra su oposición al cáncer y los defectos congénitos eliminándolos o haciendo que les sucedan sólo a las personas malas (no puede hacerla), sino convocando a amigos y vecinos para que alivien la carga y llenen el vacío.


Del mismo modo, creo firmemente que Aaron sirvió a los fines de Dios, no por el hecho de estar enfermo y tener un aspecto extraño (no existen motivos para que Dios pudiera desear semejante cosa), sino por enfrentar con valentía su enfermedad y los problemas que le causaba su aspecto. Sé que su valor y el hecho de que lograra vivir una vida plena, a pesar de sus limitaciones, afectó a sus amigos y compañeros. 

Y sé que las personas que conocieron a nuestra familia pudieron manejar los momentos difíciles de su vida con más esperanza y valor cuando vieron nuestro ejemplo. Considero que ésas son las ocasiones en las cuales Dios incita a la gente que está aquí, en la Tierra, a ayudar a otra gente que lo necesita.

Y, finalmente, a la persona que pregunta: " ¿Para qué sirve Dios? ¿Quién necesita la religión, si esas cosas le suceden por igual a la gente buena y a la mala?", yo le diría que si bien Dios no puede impedir la desgracia, puede damos la fortaleza y la perseverancia para superarla.

¿Dónde más podríamos obtener esas cualidades que no poseíamos con anterioridad? El ataque al corazón que hace trabajar menos al empresario de cuarenta y seis años, no proviene de Dios, pero la determinación a cambiar el estilo de vida, dejar de fumar, preocuparse menos por expandir su empresa y más por estar con su familia, porque ha comprendido qué parte de su vida es realmente importante para él, todo eso proviene de Dios.

Dios no propicia los ataques al corazón; ellos son la respuesta de la naturaleza a los excesos a los cuales se somete al organismo.

Pero Dios propicia la autodisciplina y el formar parte de una familia.

La inundación que destruye un pueblo no es un "acto de Dios", aunque a las compañías de seguros les resulte útil darle ese nombre. 

Pero podemos llamar actos de Dios a los esfuerzos que hace la gente para salvar vidas, arriesgando la suya por una persona que quizá no conoce, Y a la determinación de reconstruir la comunidad después de que hayan retrocedido las aguas.

Cuando una persona está muriendo de cáncer, no hago responsable a Dios del cáncer o del dolor que sufre. 

Sus causas son otras. Pero he comprobado que Dios les da a esas personas la fortaleza para tomar cada día tal como viene, para agradecer un día de solo un día en el cual están relativamente libres de dolor.

Cuando gente que nunca fue particularmente fuerte se vuelve fuerte frente a la adversidad, cuando gente que tendía a pensar solamente en sí misma se vuelve generosa y heroica en una emergencia, tengo que preguntarme dónde obtuvieron esas cualidades que ellas mismas reconocen no haber tenido antes. 

Mi respuesta es que ese es uno de los modos en que Dios noS ayuda cuando sufrimos más de lo que pueden soportar nuestras fuerzas.


La vida no es justa. Gente que no debe enfermar, enferma; y gente que no debe sufrir un robo, lo sufre; y gente que no debe morir en guerras y accidentes, muere. 

Algunas personas, al ver las injusticias de la vida, deciden: "Dios no existe; el mundo es un caos". 

Otros ven las mismas injusticias Y se preguntan: " ¿De dónde proviene mi sentido de lo que es justo y de lo que es injusto? ¿De dónde proviene mi sentido de indignación, mi respuesta instintiva de compasión cuando leo en el periódico acerca de un extraño que recibió una herida de la vida? ¿Acaso no provienen de Dios? ¿No me transmitirá un poquito de su indignación divina ante la injusticia y la opresión, tal como hacía con los profetas de la Biblia? ¿No es mi sentimiento de compasión por los afligidos un reflejo de la compasión que Él siente cuando ve sufrir a Sus criaturas?" 

El hecho de que respondamos a las injusticias de la vida con compasión y justa indignación, la compasión y la ira de Dios que se manifiestan a través de nosotros, es quizá la prueba más evidente de la realidad de Dios.

Sólo la religión puede reafirmar el sentido de autoestima de la persona afligida. 

La ciencia puede describir lo que le ha sucedido a una persona; sólo la religión puede darle el nombre de tragedia. 

Sólo la voz de la religión, cuando se libera de la necesidad de defender y justificar a Dios por todo lo que sucede, puede decirle a la persona que sufre: "Eres una buena persona y te mereces algo mejor. Permíteme que me siente junto a ti para que sepas que no estás solo".

Ninguno de nosotros puede ignorar el problema de por qué le suceden cosas malas a la gente buena. 

Tarde o temprano, cada uno de nosotros se encuentra desempeñando uno de los roles de la historia de Job, ya sea como víctima de la tragedia, como miembro de la familia, o como amigo que brinda consuelo. 

Las preguntas no varían jamás; y la búsqueda de respuestas satisfactorias continúa.

En nuestra generación, el gran poeta Archibald MacLeish nos ha dado su versión de la historia de Job en un escenario moderno.

La primera parte de .su drama poético J. B. cuenta la historia conocida.

J. B., el personaje paralelo a Job, es un empresario exitoso rodeado por una familia atractiva y afectuosa. Después, sus hijos mueren uno tras otro. 

Su empresa quiebra, su salud se resiente.

Finalmente, una guerra nuclear destruye toda su ciudad y gran parte del mundo.
Tres amigos van a "consolar" a J. B., igual que en el relato bíblico, y aquí también sus palabras son más de justificación que de consuelo. 

En la versión de MacLeish, el primer amigo es un marxista que le asegura a J B. que no es culpable de ninguno de sus sufrimientos. Sólo tuvo la mala suerte de ser miembro de la clase económica equivocada en el momento equivocado.

Era un capitalista en el momento en que el capitalismo estaba en declinación. Si hubiera llevado la misma vida en otro siglo, no hubiese sido castigado. No está sufriendo por sus propios pecados.

Simplemente se puso en el camino de la fuerza arrolladora de la necesidad histórica. J.B. no halla consuelo en esa opinión que toma su tragedia personal demasiado a la ligera, pues lo ve únicamente como miembro de una clase determinada.

El segundo amigo es un siquiatra. J. B. no es culpable, le dice, porque la culpa no existe.
Ahora que conocemos cómo funcionan los seres humanos, sabemos que no podemos elegir. Sólo pensamos que elegimos. En realidad, sólo respondemos al instinto. No actuamos; actúan sobre nosotros. Por lo tanto, no tenemos ninguna responsabilidad ni culpa.


J. B. le responde que esa solución, que lo describecomo la víctima pasiva de instintos ciegos, lo despoja de su humanidad. "Preferiría sufrir cualquier sufrimiento indecible que me enviara Dios, sabiendo que fui... yo quien actuó, yo quien eligió, en lugar de lavarme las manos como lo haces tú en esa deshonrosa inocencia."

El tercer y último amigo es un clérigo. 

Cuando J. B. le pregunta por qué pecado está siendo castigado tan duramente, le responde: "Tu pecado essimple. Naciste hombre. ¿Cuál es tu culpa? El corazón del hombre es malvado. ¿Qué hiciste? La voluntad del hombre es malvada". J. B. es un pecador que merece ser castigado no por algo específico que haya hecho sino porque es un ser humano, y los seres humanos son, inevitablemente, imperfectos y pecadores. 

J. B. le responde: "El tuyo es el consuelo más cruel de todos, pues convierte al Creador del Universo en el mal creador de la humanidad, un cómplice de los crímenes que Él castiga". J. B. no puede recurrir en busca de ayuda y consuelo a un Dios que ha hecho al hombre imperfecto y después lo castiga por sus imperfecciones.

J. B. rechaza las explicaciones de los tres amigos y encara al Mismo Dios, y como en la
Biblia, Dios responde abrumando a J. B. con Su grandiosidad, citando líneas directamente del discurso bíblico desde el torbellino.

Hasta ese punto, MacLeish se atiene a la historia bíblica de Job, pero en un escenario
moderno. Su final, sin embargo, es totalmente diferente. 

En la Biblia, la historia termina cuando Dios recompensa a Job todos sus sufrimientos y le da una nueva salud, nuevas riquezas y nuevos hijos. En la obra dramática, no hay recompensas celestiales en la escena Final.

Por el contrario, J. B. regresa junto a su esposa y ambos se disponen a seguir viviendo juntos y formar una nueva familia.

El amor entre ambos, y no la generosidad de Dios, proveerá nuevos hijos para reemplazar a los que murieron.

J. B. perdona a Dios y toma la decisión de continuar viviendo. Su esposa le dice: "Tú
deseabas justicia, ¿no es así? Pero no hay justicia... “sólo amor”. Los dos narradores, que representan las perspectivas de Dios y Satán, están desconcertados. ¿Cómo es posible que una persona que sufrió tanto en la vida, desee más vida? "¿Quién representa el papel de héroe, Dios o él? ¿Puede perdonarse a Dios?""¿No es así? Quizá recuerdes que Job era inocente.

" El Job de MacLeish no responde al problema del sufrimiento humano con teología o psicología: en lugar de eso, opta por seguir viviendo, por seguir creando nueva vida. Perdona a Dios por no haber hecho un universo más justo Y decide aceptarlo tal como es. Deja de buscar la justicia, la equidad en el mundo, y comienza a buscar el amor.


En las conmovedoras líneas finales, la esposa de Job dice:

Las velas de las iglesias se han apagado, las estrellas ya no están en el cielo. Soplemos sobre los carbones del corazón quemado, y ya veremos, ya veremos...

El mundo es un lugar frío e injusto que destruyó todo lo que los dos valoraban. y sin embargo, en lugar de darse por vencidos, en lugar de buscar respuestas en el exterior, en las iglesias
o en la naturaleza, buscan en su interior su propiacapacidad de amar. "Soplemos sobre los carbones del corazón" buscando la poca luz y tibieza que podamos reunir para seguir adelante.

En Dimensiones de Job, editado por Nahum N. Glatzer, MacLeish escribió un ensayo
explicando lo que había intentado decir al final desu obra de Job. "El hombre depende de Dios para todas las cosas; Dios depende del hombre para una.

Sin el amor del Hombre, Dios no existe como Dios, solamente como creador, y el amor es lo únicoque nadie, ni siquiera el Mismo Dios, puede ordenar. Si no se entrega con libertad, no es nada.Y es más amor, más libre, cuando se ofrece a pesar del sufrimiento, la injusticia y la muerte." 

No amamos a Dios porque es perfecto. No lo amamos porque nos protege de todo mal e impide que nos sucedan cosas malas. No lo amamos porque le tememos ni porque nos causará daño si le damos la espalda. 

Lo amamos porque es Dios, porque es el autor de todo lo bello y del orden quenos rodea, la fuente de nuestra fortaleza y la esperanza y el valor que están dentro de nosotros, y de la fortaleza, la esperanza y el valor de otraspersonas que nos ayudan en momentos de necesidad. 

Lo amamos porque es la mejor parte de nosotros mismos y de nuestro mundo. 

Ese es el significado del amor. El amor no es la admiración de la perfección, sino la aceptación de una persona imperfecta con todas sus imperfecciones, porque amarla y aceptarla nos hace mejores y más fuertes.


¿Existe una respuesta para la pregunta de por qué le suceden cosas malas a la gente buena?

Eso depende del significado que le demos a la palabra "respuesta". Si queremos decir: "¿existe una explicación que haga que todo tenga sentido?" 

¿porqué hay cáncer en el mundo?, ¿por qué mi padre enfermó de cáncer?, ¿por qué se estrelló el avión?, ¿por qué murió mi hijo?-, entonces es probable que no exista una respuesta satisfactoria.

Podemos ofrecer explicaciones eruditas pero, en definitiva, una vez que hayamos cubierto todos los casilleros del tablero y nos sintamos orgullosos de nuestra inteligencia, el dolor y la angustia y la sensación de injusticia no habrán desaparecido.

Pero la palabra "respuesta" puede significar "contestación" además de "explicación" y, en ese sentido, puede haber una respuesta satisfactoria a las tragedias de nuestra vida.

La respuesta sería la contestación de Job en la versión de la historia bíblica de MacLeish: perdonar al mundo por no ser perfecto, perdonar a Dios por no hacer un mundo mejor, acercarnos a la gente que nos rodea, y continuar viviendo a pesar de todo.

En el análisis final, la pregunta de por qué le suceden cosas malas a la gente buena se convierte en varias preguntas diferentes, que ya no preguntan por qué sucedió algo sino cómo responderemos, qué haremos una vez que haya sucedido.

¿Son ustedes capaces de perdonar y aceptar con amor a un mundo que los ha decepcionado porque no es perfecto, un mundo en el cual existen la injusticia y la crueldad, la enfermedad y el crimen, los terremotos y los accidentes?

¿Pueden perdonar sus imperfecciones y amado porque está preparado para contener grandes bellezas y bondades, y porque es el único mundo que tenemos? 

¿Son ustedes capaces de perdonar y amar a las personas que están alrededor, aun si los han herido y defraudado debido a que no son perfectas? ¿Pueden perdonadas y amadas porque no existe
ninguna persona perfecta y porque el precio que se paga por no poder amar a las personas imperfectas es la soledad?

¿Son ustedes capaces de perdonar y amar a Dios aunque hayan descubierto que no es perfecto, y los haya defraudado y decepcionado al permitir que exista la mala suerte, la enfermedad y la crueldad en Su mundo, y que algunas de esas cosas les sucedieran a ustedes? 

¿Pueden aprender a amarlo y perdonado a pesar de Sus limitaciones, como Job, como aprendieron a perdonar y amar a sus padres aunque no fueran tan sabios, tan fuertes o tan perfectos como ustedes necesitaban que fueran?

y si pueden hacerlo, ¿podrán reconocer que la capacidad de perdonar y la capacidad de amar
Son las armas que Dios nos ha dado para permitirnos vivir plenamente, con valentía, y dándole un significado a nuestra vida en este mundo imperfecto?

Pienso en Aaron y en todo lo que su vida me enseñó,y soy consciente de lo mucho que perdí y de lo mucho que gané. El ayer me parece menos doloroso, y no le temo al mañana.



RESUMEN DEL LIBRO CUANDO LA GENTE BUENA SUFRE (HAROLD S. KUSHNER)

DIOS NO PUEDE HACER TODO PERO SI ALGUNAS COSAS IMPORTANTES




CAPITULO: 7 DIOS NO PUEDE HACER TODO PERO SI ALGUNAS COSAS IMPORTANTES.

Rezar por la salud de una persona, por el resultado favorable de una operación, tiene implicaciones que deberían perturbar a una persona consciente. 

Si las oraciones funcionaran como muchas personas piensan que lo hacen, nadie moriría jamás, porque ninguna oración se ofrece con mas sinceridad que las oraciones por la vida, la salud y la recuperación de una enfermedad, tanto nuestra como de las personas que amamos.

Si creemos en Dios, pero no lo hacemos responsable de las tragedias de la vida, si creemos que Dios desea que haya justicia y equidad pero no siempre puede lograrlas, ¿qué estamos haciendo cuando le rogamos a 

Dios que una crisis de nuestra vida tenga un resultado favorable?

¿Creo realmente y lo cree el hombre que me llamó- en un Dios que tiene el poder de curar la malignidad e influir en el resultado de la cirugía, y lo hará únicamente si la persona correcta recita las palabras exactas en el lenguaje preciso?

¿Y Dios dejará morir a una persona porque un extraño, cuando rezaba por ella, se equivocó al utilizar algunas palabras? ¿Quién de nosotros podría respetar o venerar a un Dios cuyo mensaje implícito fuera:
"Yo podría haber sanado a tu madre, pero tú no rogaste ni rezaste lo suficiente"?

Y si no obtenemos aquello por lo cual rezamos, ¿cómo evitamos enojarnos con Dios o sentir que Él nos juzgó y nos encontró culpables? ¿Cómo evitamos sentir que Dios nos defraudó cuando más lo necesitábamos? ¿Y cómo evitamos la alternativa igualmente indeseable de sentir que Dios nos desaprueba?

Imaginemos la mente y corazón de un niño ciego o tullido a quien le enseñaron historias piadosas con final feliz, historias de gente que rezó y se curó milagrosamente.

Hay muchas formas de responderle a la persona que pregunta: " ¿Por qué no conseguí lo que pedí en mi plegaria?" Y la mayoría de las respuestas son problemáticas, producen sentimientos de culpa, ira o impotencia.

-No conseguiste lo que pedías en tu plegaria porque no lo merecías.

-No conseguiste lo que pedías en tu plegaria porque no rezaste con suficiente empeño.

-No conseguiste lo que pedías en tu plegaria porque Dios sabe mejor que tú lo que te conviene. -No conseguiste lo que pedías en tu plegaria porque los ruegos de otra persona por el resultado opuesto fueron mejores.

-No conseguiste lo que pedías en tu plegaria porque la oración es una farsa; Dios no escucha las oraciones.

-No conseguiste lo que pedías en tu plegaria porque Dios no existe.

Si no estamos satisfechos con ninguna de esas respuestas, pero no queremos renunciar a la idea de la oración, existe otra posibilidad. Podemos modificar nuestra idea de lo que significa rezar y lo que significa que nuestras oraciones sean escuchadas.

El Talmud, la recopilación de las Leyes judías que cité previamente en este libro, da ejemplos de oraciones malas o inadecuadas que no sede ben pronunciar.

Si una mujer está embarazada, ni ella ni su esposo deben rezar: "Que Dios nos conceda que este niño sea varón" (ni tampoco pueden pedir que sea una niña).

El sexo del niño se determina en el momento de la concepción y no se puede invocar a Dios para que lo cambie.

Del mismo modo, si un hombre ve que Una autobomba se dirige a toda velocidad hacia su vecindario, no debe rezar: "Por favor, Dios, que el incendio no sea en mi casa".
No sólo es mezquino rezar para que se incendie la casa de otra persona en lugar de la propia sino además inútil.

Ya se produjo el incendio en una casa; la oración más sincera o mejor enunciada no afectará la cuestión de a quién le pertenece esa casa.

Podemos extender esta lógica a situaciones contemporáneas. Sería igualmente inadecuado que un alumno de quinto año que sostiene en la mano una carta de la oficina de ingreso de una universidad, rogara: 

"Por favor, Dios, que me hayan aceptado"; o que una persona que espera el resultado de una biopsia, rezara: "Por favor, Dios, que esté todo bien".

Como en los casos talmúdicos de la mujer embarazada y la casa en llamas, ciertas condiciones ya existen. No podemos pedirle a Dios que retroceda y vuelva a escribir el pasado.

Y como lo sugerimos previamente, tampoco le podemos pedir a Dios que cambie las leyes de la naturaleza para nuestro beneficio, que haga que las condiciones fatales sean menos fatales o que cambie el curso inexorable de una enfermedad.

Algunas veces suceden milagros. Los tumores malignos desaparecen misteriosamente, pacientes incurables se recuperan, y los médicos asombrados le dan el crédito a un acto de Dios.

Lo único que podemos hacer en esos casos es compartir la gratitud y el asombro de los médicos.
No sabemos por qué algunas personas se recuperan espontáneamente de una enfermedad que mata o deja tullidas a otras.

No sabemos por qué algunas personas mueren en accidentes de auto o avión mientras que otras, sentadas junto a ellas, salen con sólo unos cortes y moretones y un gran susto.

No puedo creer que Dios elija escuchar las oraciones de algunos y no las de otros. Eso no tendría ni ton ni son. Por más que investigáramos la vida de los que murieron y los que sobrevivieron no lograríamos averiguar cómo debemos vivir o rezar para obtener los favores de Dios.

Cuando ocurre un milagro, y la gente logra sobrevivir a pesar de todo, lo mejor que podemos hacer es inclinar la cabeza en señal de agradecimiento ante la presencia de un milagro y no pensar que nuestras oraciones, contribuciones o abstinencias fueron las que lo lograron: la próxima vez que lo intentemos, nos podríamos preguntar por qué nuestras plegarias no fueron efectivas.

Otra categoría de plegarias cuyo rezo no es adecuado son las oraciones cuyo objeto es dañar a alguien. Si la oración, como la religión en conjunto, tiene por objeto engrandecer nuestra alma, no debe ser puesta al servicio de la mezquindad, la envidia o la venganza.

Se cuenta una historia acerca de dos tenderos que eran grandes rivales. Sus tiendas estaban una frente a la otra y se pasaban los días sentados en la puerta observando el negocio de su competidor.

Si uno de ellos recibía un cliente, le sonreía triunfante a su rival. Una noche, a uno de los tenderos se le apareció un ángel en sus sueños y le dijo:

-Dios me ha enviado a darte una lección. Te dará todo lo que pidas pero quiero que sepas que, sea lo que fuere, tu competidor del otro lado de la calle obtendrá el doble. ¿Quieres ser rico?

Puedes ser muy rico, pero él será el doble que tú. ¿Quieres vivir una vida larga y sana? Puedes, pero su vida será más larga y sana.

Puedes ser famoso, tener hijos de los cuales te enorgullecerás, todo lo que desees. Pero sea lo que fuere, él obtendrá el doble.

El hombre frunció el ceño, pensó unos instantes y dijo:

-Está bien, te pido que me dejes ciego de un ojo. Finalmente, no podemos rezar pidiéndole a Dios algo que está dentro de nuestras facultades, para evitamos el trabajo de hacerla.

Un teólogo contemporáneo escribió las siguientes palabras:

No podemos rogarte simplemente, Oh Dios, que termines las guerras; sabemos que creaste el mundo de tal modo que el hombre debe encontrar su propio camino hacia la paz dentro de sí mismo y con su vecino.

No podemos rogarte simplemente, Oh Dios, que termines con el hambre; ya nos has dado los recursos con los que se alimentaría todo el mundo si sólo los usáramos con sabiduría.

No podemos rogarte simplemente, Oh Dios, que destierres los prejuicios; ya nos has dado ojos con los que veríamos lo bueno en todos los hombres si sólo los usáramos correctamente.

No podemos rogarte simplemente, Oh Dios, que termines con la desesperación; ya nos has dado el poder de derrumbar y reconstruir los barrios pobres y dar esperanzas si sólo usáramos nuestro poder con justicia.

No podemos rogarte simplemente, Oh Dios, que termines con las enfermedades; ya nos has dado una mente clara con la cual buscar las curas y remedios, si sólo las usáramos en forma constructiva. por lo tanto, te rogamos, Oh Dios, nos des la fuerza, determinación y voluntad, para hacer en lugar de sólo rezar, para ser en lugar de sólo desear.

JACK RIEMER, Likrat Sbabbat

Si no podemos rezar por lo imposible, por lo antinatural, si no podemos rezar por venganza o irresponsabilidad para pedirle a Dios que haga el trabajo que nosotros debemos hacer, ¿por qué rezar? ¿Qué puede hacer la oración por nosotros? ¿Qué puede hacer la oración para ayudarnos cuando sentimos dolor?

Lo primero que hace la oración por nosotros es ponernos en contacto con otras personas, personas que comparten con nosotros las mismas preocupaciones, valores, sueños y dolores.


Yo creo que eso sigue siendo lo que la religión hace mejor. Inclusive las personas que, por lo general, no sienten inclinación por los rituales, aceptan una boda tradicional en presencia de amigos y vecinos, en la cual se pronuncian palabras familiares y se realizan ceremonias familiares aunque su matrimonio sería igualmente válido si se llevara a cabo en la privacidad de un juzgado de paz. Necesitamos compartir nuestras alegrías con otras personas y necesitamos aún más compartir

de la misma forma nuestros temores y nuestro dolor. La costumbre judía de la shiva, la semana recordatoria después de una muerte, como el velorio cristiano o la visita a la capilla, surgen de esta necesidad.

Cuando nos sentimos terriblemente solos, castigados por el destino, cuando sentimos la tentación de acurrucarnos en un rincón oscuro y sentir pena por nosotros mismos, necesitamos que nos recuerden que formamos parte de una comunidad, que las personas que nos rodean se preocupan por nosotros y que continuamos formando parte del flujo de la vida.

En ese punto, la religión estructura lo que hacemos, obligándonos a estar con otras personas ya permitirles que participen en nuestra vida.

Con frecuencia, cuando me reúno con una familia después de una muerte y antes del servicio funerario, me preguntan:

-¿Es necesario realmente que realicemos la shiva, que nuestra sala se llene de gente? ¿No podríamos pedirles que nos dejaran solos?
Y yo les respondo:
-No, dejar que la gente entre en esta casa, que comparta su dolor, es exactamente lo que ustedes necesitan en este momento.

Necesitan compartir con ellos, conversar, que otros los consuelen. Necesitan que les recuerden que todavía están vivos y forman parte de un mundo de vida.

En el ritual de duelo judío existe una costumbre maravillosa llamada de'udal halJra 'ah, la comida de reabastecimiento.

Al regresar del cementerio, se supone que los deudos no deben prepararse la comida (ni servir a los demás). Los deben alimentar otras personas, lo cual simboliza que la comunidad se congrega alrededor de ellos para apoyados y tratar de llenar el vacío que se produjo en su mundo.

Y cuando los deudos asisten al servicio para recitael Kaddish de los Deudos, la oración que se recita durante un año después de Una muerte, se sienten rodeados por una congregación que los apoya y los comprende. Ven y oyen a otros deudos, que sufren tanto como ellos, y se sienten menos aislados por la adversidad del destino.

Se sienten consolados por su presencia, por el hecho de que los acepten y consuelen en lugar de estar lejos de la comunidad como víctimas a quienes Dios ha considerado Conveniente castigar.

La oración, cuando se ofrece correctamente, redime a las personas del aislamiento. Les asegura que no tienen por qué sentirse solas y abandonadas.

Les hace saber que forman parte de una realidad más grande, más profunda, más esperanzada, más valiosa y más llena de futuro de la que podría tener un individuo por sí solo.

Asistimos a un servicio religioso, recitamos las oraciones tradicionales, no para encontrarnos con Dios (hay muchos otros lugares en los cuales podemos encontrarlos sino para encontrarnos con una congregación, para encontrar personas con las cuales podemos compartir las cosas que más significan para nosotros. 

Desde ese punto de vista, el mero hecho de poder rezar ayuda, ya sea que la oración cambie o no el mundo exterior.

El maravilloso narrador de historias Harry Colden pone esto de relieve en uno de sus cuentos. Cuando era joven, una vez le preguntó a su padre: -Si no crees en Dios, ¿por qué asistes con regularidad a la sinagoga?

-Los judíos van a la sinagoga por muchos motivos -le respondió su padre o Mi amigo Garfinkle, que es ortodoxo, va a conversar con Dios. Yo vaya conversar con Garfinkle.

Pero esa es sólo la mitad de la respuesta a nuestra pregunta: "¿Qué sentido tiene rezar?"; quizá la parte menos importante. Además de ponernos en contacto con otras personas, la oración nos pone en contacto con Dios.

No estoy seguro de que la oración nos ponga en contacto con Dios del modo en que lo cree mucha gente: que nos aproximamos a Dios como suplicantes, como mendigos que piden favores, o como un cliente que le presenta una lista de compras y le pregunta cuánto le costará.

La oración no es, fundamentalmente, una cuestión de pedirle a Dios que cambie las cosas. Si logramos comprender lo que puede y debería ser la oración, y nos liberamos de algunas expectativas poco realistas, estaremos más capacitados para recurrir a ella y a Dios, cuando más los necesitemos.

Permítanme comparar dos oraciones que están en la Biblia, pronunciadas por la misma persona, en casi las mismas circunstancias, con una diferencia de veinte años.

Las dos se encuentran en el Libro del Génesis, en el ciclo de historias sobre la vida de los patriarcas.

En el capítulo 28, Jacob es un hombre joven que pasa la primera noche lejos de su casa.

Ha dejado la casa de sus padres, después de haber discutido con su padre y hermano, y viaja a pie por la tierra de Aram para ir a vivir con su tío Labán.

Asustado y sin experiencia, avergonzado por lo que ha hecho en su hogar y sin saber lo que lo aguarda en la casa de Labán, dice una plegaria: 

"Si Dios me acompaña en esta aventura, me protege, me da alimentos para comer y ropa para cubrirme, y si regreso a salvo a la casa de mi padre, entonces el Señor será mi único Dios. Le dedicaré un altar y destinaré un décimo de todo lo que gane para Él".

La oración de Jacob en esas circunstancias es la de un joven asustado que se ha propuesto hacer algo difícil, no está seguro de poder lograrlo, y piensa que puede "sobornar" a Dios para que lo ayude.

Está dispuesto a convencer a Dios de que vale la pena protegerlo y hacerlo prosperar, y cree, aparentemente, en un Dios cuyos favores se pueden ganar y cuya protección se puede comprar con promesas de oraciones, caridad y veneración exclusiva.

Su actitud, muy similar a la de muchísima gente en la actualidad frente a una enfermedad o infortunio, se expresa del siguiente modo: 

"Por favor Dios, has que esto salga bien y haré todo lo que quieras.

Dejaré de mentir, iré a los servicios religiosos en forma regular" sólo tienes que decido y yo lo haré si me concedes lo que te pido".

Cuando no estamos involucrados personalmente, reconocemos que la actitud es inmadura y que la imagen de Dios que transmite es inmadura también.

Pensar de ese modo no es inmoral, pero carece de fundamentos. El mundo no funciona así. Las bendiciones de Dios no están en venta.

Finalmente, Jacob aprende la lección. El relato bíblico de su vida continúa: Jacob pasa veinte años en la casa de Labán.

Se casa con las dos hijas de Labán y tiene muchos hijos. Trabaja con ahínco y acumula una pequeña fortuna.

Después llega el día en que toma sus esposas e hijos, sus rebaños y manadas y regresa a su hogar. Llega a la misma orilla del río donde rezó en el capítulo 28.

En esta ocasión, también siente ansiedad y miedo. Se dirige nuevamente hacia un nuevo país, una situación desconocida. Sabe que al día siguiente tendrá que enfrentarse con su hermano Esaú, que amenazó con matarlo veinte años antes.

Una vez más, se pone a rezar. Pero en esa ocasión, como tiene veinte años más y es más sabio, ofrece una oración muy diferente de la primera.

En el capítulo 32 del Génesis, Jacob reza:"Dios de mi padre Abraham y de mi padre Isaac, no merezco las bondades que has derramado sobre mí. La última vez que crucé este río sólo tenía un bastón en mi mano, y ahora poseo dos campamentos.

Guárdame, te ruego, de mi hermano Esaú, pues le temo ... Pues fuiste Tú quien me dijo, 'haré que tu descendencia sea una multitud incontable como la arena del mar'''.

En otras palabras, en su oración, Jacob ya no intenta negociar con Dios, ni Le presenta una larga lista de pedidos: comida, ropa, prosperidad, un retorno seguro.

Reconoce que no existe moneda con la cual se pueda pagar a Dios Sus bendiciones y su ayuda.

La oración de la madurez de Jacob dice simplemente: "Dios, no tengo derecho a pedirte nada y tampoco nada que ofrecerte.

Ya me has dado más de lo que tenía derecho a esperar. Sólo hay un motivo por el cual recurro a Ti en este momento: te necesito.

Tengo miedo; mañana deberé enfrentar algo difícil y no estoy seguro de poder hacerla solo, sin Ti. 

Dios, una vez me diste motivos para creer que era capaz de hacer algo bueno en la vida. Si realmente lo pensabas, entonces será mejor que me ayudes ahora, porque no puedo manejar esto solo".

Jacob no le pide a Dios que aleje a Esaú, que merme su fuerza o borre mágicamente su memoria.

Sólo le pide que lo ayude a tener menos miedo, que le dé un indicio de que está de su parte, para poder manejar lo que le depare el día siguiente, y sabe que así podrá hacerla, porque si Dios le da una señal, no deberá enfrentarlo solo.

Esa es la clase de oración a la cual Dios responde. No podemos rogarle que libre nuestra vida de problemas; eso no sucederá, y quizá no sea del todo malo.

No podemos pedirle que nos haga inmunes, a nosotros y a los que amamos, a la enfermedad, porque no puede hacerla. No podemos pedirle que nos proteja con un sortilegio para que las cosas malas les sucedan solamente a los demás y jamás a nosotros.

Las personas que rezan por milagros por lo general no los obtienen, como tampoco obtienen lo que piden los niños que rezan por una bicicleta, buenas notas o un novio.

Pero las personas que rezan pidiendo valor, fortaleza para soportar lo in soportable, gracia para recordar lo que sigue teniendo en lugar de lo que han perdido, descubren con mucha frecuencia que su ruego da resultado.

Descubren que poseen más fortaleza, más valor del que jamás pensaron que tenían. ¿De dónde lo obtuvieron? Me agradaría creer que sus oraciones les ayudaron a encontrar esa fortaleza.

Sus oraciones les ayudaron a encontrar reservas ocultas de fe y valor que no estaban a su disposición con anterioridad.

La viuda que me pregunta el día del funeral de su esposo: "¿Qué razón tengo para vivir ahora?", y sin embargo a medida que pasan las semanas encuentra razones para despertar cada mañana y esperar con ansias el nuevo día; el hombre que perdió su trabajo o tuvo que cerrar su empresa y me dice: 

"Rabino, estoy demasiado viejo y cansado para empezar de nuevo", pero de todos modos lo hace; ¿de dónde sacaron la fortaleza, la esperanza, el optimismo que no tenían el día en que me hicieron esas preguntas?

 Me gustaría creer que los recibieron del contexto de una comunidad preocupada, de personas que les demostraron que se interesaban por ellos, y de la convicción de que Dios está del lado de los afligidos y de los abatidos.

Si pensamos que la vida es una especie de olimpíada, podemos decir que algunas de sus crisis son carreras cortas. Requieren la máxima concentración emocional durante un breve período.

Después terminan, y la vida regresa a la normalidad. Pero otras crisis son carreras largas. Exigen que mantengamos la concentración durante un período mucho más largo, y eso resulta mucho más difícil.

He visitado en sus camas de hospital a personas que sufrieron quemaduras graves o se quebraron la columna en un accidente.

Durante los primeros días, están agradecidas de estar vivas y llenas de confianza. "Soy un luchador; vaya superar esto."

En esos primeros días, los amigos y la familia no se alejan ni un centímetro de su lado, les dan constantemente su apoyo y se preocupan por su bienestar.

Después, a medida que transcurren las semanas Y los meses, la larga duración de la crisis comienza a hacer estragos tanto en el paciente como en su familia.

El enfermo se impacienta con la uniformidad de la rutina diaria y la falta de progresos visibles.
Se enoja consigo mismo por no curarse más rápido, con los médicos por no tener la magia que produciría resultados instantáneos.

La esposa que era solícita cuando se diagnosticó el cáncer de pulmón de su esposo, comienza a volverse quisquillosa e impaciente. "Por supuesto que siento pena por él, pero yo también tengo necesidades.

Durante años trabajó hasta agotarse, descuidó su salud, y ahora que sufre las consecuencias pretende que renuncie a mi vida y me convierta en su enfermera. Ama a su esposo, por supuesto, y se siente muy mal por el hecho de que esté enfermo.

¿Dónde obtienen esos padres la fortaleza que necesitan para continuar así día tras día? ¿Y cómo hace el hombre que sufre un cáncer inoperable, o la mujer con mal de Parkinson, para encontrar las fuerzas y la razón para levantarse cada mañana y enfrentar un nuevo día, si no tienen perspectivas de llegar a un final feliz?

Creo que para esas personas, la respuesta también es Dios, pero no del mismo modo. No creo que Dios cause el retraso mental de los niños, ni elija quiénes deben sufrir una distrofia muscular y quiénes no.
El Dios en el cual yo creo no nos envía el problema; nos da la fortaleza para enfrentado.

¿Dónde obtenemos la fortaleza para seguir adelante cuando ya usamos toda la propia? ¿A quién recurrimos en busca de paciencia cuando la nuestra se agota, cuando tuvimos paciencia durante más años de los que nadie podría soportar, y el final no está a la vista?

 Yo creo que Dios nos da fortaleza y paciencia y esperanza, Y que renueva nuestros recursos espirituales cuando se agotan.

¿De qué otro modo lograrían los enfermos reunir más fortaleza y buen humor durante el curso de una enfermedad prolongada que los que podría tener cualquier otra persona, a menos que Dios estuviera reabasteciendo sus almas constantemente? 

¿De qué otro modo encontrarían las viudas el valor para recoger los trozos de su vida y salir a enfrentar el mundo solas, si el día del funeral de su esposo no tenían ese valor?

¿De qué otro modo se despertarían cada mañana los padres de un niño retrasado o con daño cerebral para encarar sus obligaciones, a menos que pudieran apoyarse en Dios cuando sus fuerzas flaquearan?

No tenemos que rogarle o sobornarlo para que Dios nos dé fortaleza, esperanza o paciencia.
Sólo debemos recurrir a Él, admitir que no podemos hacerlo solos y comprender que soportar con valor una larga enfermedad es una de las cosas más humanas, y una de las más divinas, que podemos hacer.

Uno de los hechos que me reafirma constantemente que Dios es real, y no sólo una idea formulada por líderes religiosos, es que la gente que reza pidiendo fortaleza, esperanza y valor descubre frecuentemente recursos de fortaleza, esperanza y valor que no poseía antes de rezar.

 “¿Si Dios no puede curar mi enfermedad, para qué sirve? ¿Quién lo necesita?” Dios no desea que estés enfermo o tullido. Él no te causó este problema y no desea que continúes teniéndolo, pero no puede hacer que desaparezca. Eso es demasiado difícil, inclusive para Dios.

¿Para qué sirve, entonces? Dios hace que la gente se convierta en médicos y enfermeras para que traten de hacerte sentir mejor. Dios nos ayuda a ser valientes inclusive cuando estamos enfermos y asustados, y nos asegura que no debemos enfrentar solos nuestros temores y dolores.

La explicación convencional de que Dios nos envía una carga porque sabe que somos lo suficientemente fuertes para soportarla, no es exacta. El destino, no Dios, nos envía el problema.

Cuando tratamos de enfrentarlo, descubrimos que no somos Fuertes. Somos débiles; nos cansamos, nos enojamos, la situación nos supera. Comenzamos a preguntarnos cómo haremos para vivir los años que tenemos por delante.

Pero cuando llegamos al límite de nuestra propia fuerza y valor, sucede algo inesperado. Descubrimos que nos llegan refuerzos de una fuente externa a nosotros. Y al saber que no estamos solos, que Dios está de nuestro lado, logramos seguir adelante.

Con estas palabras le respondí a la joven viuda que cuestionó la eficacia de la oración. Su esposo había muerto de cáncer, y ella me dijo que cuando él era un enfermo terminal, había rezado por su recuperación. Sus padres, sus parientes políticos y sus vecinos habían rezado.



RESUMEN DEL LIBRO CUANDO LA GENTE BUENA SUFRE (HAROLD S. KUSHNER)