jueves, 19 de noviembre de 2015

¿QUIEN LE TEME AL TEMOR DE DIOS?




CAPITULO 7.

¿QUIEN LE TEME AL TEMOR DE DIOS?


Imagino a Eclesiastés como un hombre que se vuelve viejo, que se va quedando sin tiempo, un hombre demasiado sincero como para negar sus temores, angustiado por la posibilidad de morir sin haber hecho algo trascendente en la vida.

Por cierto tuvo fortuna y placeres, pero eso es transitorio. Las riquezas pueden desaparecer aun en la vida de uno o bien escapársele de las manos en el momento de la muerte.

Los ricos pueden estar solos o enfermos y todos los momentos de placer se esfumaran al instante.

Sabe que en definitiva tendrá que enfrentar solo las tinieblas, que ni la fortuna ni las diversiones lo protegerán.

A esa altura de su existencia, Eclesiastés es un hombre prudente, lo suficientemente instruido como para saber que toda la erudición no alcanza para responder la pregunta que lo obsesiona.

Ansioso por hacer algo que este bien en un sentido perdurable, traspone los límites del saber con la intención de llegar a la lejana orilla a donde no puede conducirlo la razón.

Día a día se vuelve más viejo y frustrado y, tal como le sucede a muchas personas al envejecer, se vuelca en la religión.

A partir de ese momento ya no tendrá dudas: se entregara de lleno a cumplir la voluntad de Dios.

El hombre no vive eternamente. Desde luego ese ha sido el punto de parita de la búsqueda de Eclesiastés, la roca contra la cual se estrellaron todas sus esperanzas.

¿De qué vale ser rico y sabio, si tanto los ricos como los pobres, los sabios como los insensatos, están condenados a morir y ser olvidados?

Pero Dios si es Eterno. Si nos vinculamos al Dios Eterno y dedicamos la vida a su servicio, ¿no resolveríamos así la cuestión?

¿No conseguiríamos engañar a la muerte y evitar esa sensación de futilidad que le quita sentido a toda nuestra lucha? Es así como Eclesiastés se lanza a realizar obras buenas, en la esperanza de que le sirvan para alcanzar la eternidad.

Quizás es demasiado individualista como para aceptar la perspectiva de desaparecer sin haberse consagrado a los valores eternos.

A lo mejor hallo hipocresía y maldad en los templos religiosos, y advirtió que los seres aparentemente más piadosos podían ser despreciables, con lo cual puso en tela de juicio el valor de la piedad.

Habla de haber visto a los inicuos sepultados con honra mientras que los virtuosos fueron olvidados.
  

Eclesiastés 7:16-19.

No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso; ¿por qué habrás de destruirte?

No hagas mucho mal, ni seas insensato; ¿por qué habrás de morir antes de tu tiempo?

Bueno es que tomes esto, y también de aquello no apartes tu mano; porque aquel que a Dios teme, saldrá bien en todo.

La sabiduría fortalece al sabio más que diez poderosos que haya en una ciudad.


En la Biblia no se menciona la palabra “religión”, el concepto es demasiado abstracto.

La frase que más se le acerca en sentido es “el temor de Dios”.

Una parte de nosotros desea seguir siendo siempre niño.

Cuando la vida se vuelve difícil, anhelamos que nos digan. “No te preocupes que yo me encargo de todo.

Lo único que pretendo de ti es tu eterna gratitud y obediencia.

El temor de Dios realmente puede ser el comienzo de la sabiduría y la piedra basal de nuestra vida, tal como la Biblia no deja de repetir.

Pero cuando  hablamos del temor de Dios no queremos decir tenerle miedo a Dios. No se trata de un  temor en el sentido que le asignamos actualmente a la palabra, sino de respeto y veneración.

El miedo es una emoción negativa, opresora, que nos mueve a querer huir de aquello que nos atemoriza, o bien a desear destruirlo.

Al concluir su fase mística. Eclesiastés bien puede haber dicho a Dios. ¿Qué más quieres de mí?

El desafío de una religión autentica no es que seamos perfectos sino maduros, íntegros en todo momento, que logremos la plenitud de nuestra individualidad.

Pero como la religión de su época exigía acatamiento en vez de autenticidad, no podía volverlo un hombre integro.

Podía hacerlo bueno en el sentido de obediente, pero no era solo eso lo que el buscaba.

Le pedía a Dios algo mas, y como no cejo en su propósito, al final lo encontró.

(RESUMEN DEL LIBRO CUANDO NADA TE BASTA- HAROLD S. KUSHNER)



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