lunes, 25 de enero de 2016

DIOS NO PUEDE HACER TODO PERO SI ALGUNAS COSAS IMPORTANTES




CAPITULO: 7 DIOS NO PUEDE HACER TODO PERO SI ALGUNAS COSAS IMPORTANTES.

Rezar por la salud de una persona, por el resultado favorable de una operación, tiene implicaciones que deberían perturbar a una persona consciente. 

Si las oraciones funcionaran como muchas personas piensan que lo hacen, nadie moriría jamás, porque ninguna oración se ofrece con mas sinceridad que las oraciones por la vida, la salud y la recuperación de una enfermedad, tanto nuestra como de las personas que amamos.

Si creemos en Dios, pero no lo hacemos responsable de las tragedias de la vida, si creemos que Dios desea que haya justicia y equidad pero no siempre puede lograrlas, ¿qué estamos haciendo cuando le rogamos a 

Dios que una crisis de nuestra vida tenga un resultado favorable?

¿Creo realmente y lo cree el hombre que me llamó- en un Dios que tiene el poder de curar la malignidad e influir en el resultado de la cirugía, y lo hará únicamente si la persona correcta recita las palabras exactas en el lenguaje preciso?

¿Y Dios dejará morir a una persona porque un extraño, cuando rezaba por ella, se equivocó al utilizar algunas palabras? ¿Quién de nosotros podría respetar o venerar a un Dios cuyo mensaje implícito fuera:
"Yo podría haber sanado a tu madre, pero tú no rogaste ni rezaste lo suficiente"?

Y si no obtenemos aquello por lo cual rezamos, ¿cómo evitamos enojarnos con Dios o sentir que Él nos juzgó y nos encontró culpables? ¿Cómo evitamos sentir que Dios nos defraudó cuando más lo necesitábamos? ¿Y cómo evitamos la alternativa igualmente indeseable de sentir que Dios nos desaprueba?

Imaginemos la mente y corazón de un niño ciego o tullido a quien le enseñaron historias piadosas con final feliz, historias de gente que rezó y se curó milagrosamente.

Hay muchas formas de responderle a la persona que pregunta: " ¿Por qué no conseguí lo que pedí en mi plegaria?" Y la mayoría de las respuestas son problemáticas, producen sentimientos de culpa, ira o impotencia.

-No conseguiste lo que pedías en tu plegaria porque no lo merecías.

-No conseguiste lo que pedías en tu plegaria porque no rezaste con suficiente empeño.

-No conseguiste lo que pedías en tu plegaria porque Dios sabe mejor que tú lo que te conviene. -No conseguiste lo que pedías en tu plegaria porque los ruegos de otra persona por el resultado opuesto fueron mejores.

-No conseguiste lo que pedías en tu plegaria porque la oración es una farsa; Dios no escucha las oraciones.

-No conseguiste lo que pedías en tu plegaria porque Dios no existe.

Si no estamos satisfechos con ninguna de esas respuestas, pero no queremos renunciar a la idea de la oración, existe otra posibilidad. Podemos modificar nuestra idea de lo que significa rezar y lo que significa que nuestras oraciones sean escuchadas.

El Talmud, la recopilación de las Leyes judías que cité previamente en este libro, da ejemplos de oraciones malas o inadecuadas que no sede ben pronunciar.

Si una mujer está embarazada, ni ella ni su esposo deben rezar: "Que Dios nos conceda que este niño sea varón" (ni tampoco pueden pedir que sea una niña).

El sexo del niño se determina en el momento de la concepción y no se puede invocar a Dios para que lo cambie.

Del mismo modo, si un hombre ve que Una autobomba se dirige a toda velocidad hacia su vecindario, no debe rezar: "Por favor, Dios, que el incendio no sea en mi casa".
No sólo es mezquino rezar para que se incendie la casa de otra persona en lugar de la propia sino además inútil.

Ya se produjo el incendio en una casa; la oración más sincera o mejor enunciada no afectará la cuestión de a quién le pertenece esa casa.

Podemos extender esta lógica a situaciones contemporáneas. Sería igualmente inadecuado que un alumno de quinto año que sostiene en la mano una carta de la oficina de ingreso de una universidad, rogara: 

"Por favor, Dios, que me hayan aceptado"; o que una persona que espera el resultado de una biopsia, rezara: "Por favor, Dios, que esté todo bien".

Como en los casos talmúdicos de la mujer embarazada y la casa en llamas, ciertas condiciones ya existen. No podemos pedirle a Dios que retroceda y vuelva a escribir el pasado.

Y como lo sugerimos previamente, tampoco le podemos pedir a Dios que cambie las leyes de la naturaleza para nuestro beneficio, que haga que las condiciones fatales sean menos fatales o que cambie el curso inexorable de una enfermedad.

Algunas veces suceden milagros. Los tumores malignos desaparecen misteriosamente, pacientes incurables se recuperan, y los médicos asombrados le dan el crédito a un acto de Dios.

Lo único que podemos hacer en esos casos es compartir la gratitud y el asombro de los médicos.
No sabemos por qué algunas personas se recuperan espontáneamente de una enfermedad que mata o deja tullidas a otras.

No sabemos por qué algunas personas mueren en accidentes de auto o avión mientras que otras, sentadas junto a ellas, salen con sólo unos cortes y moretones y un gran susto.

No puedo creer que Dios elija escuchar las oraciones de algunos y no las de otros. Eso no tendría ni ton ni son. Por más que investigáramos la vida de los que murieron y los que sobrevivieron no lograríamos averiguar cómo debemos vivir o rezar para obtener los favores de Dios.

Cuando ocurre un milagro, y la gente logra sobrevivir a pesar de todo, lo mejor que podemos hacer es inclinar la cabeza en señal de agradecimiento ante la presencia de un milagro y no pensar que nuestras oraciones, contribuciones o abstinencias fueron las que lo lograron: la próxima vez que lo intentemos, nos podríamos preguntar por qué nuestras plegarias no fueron efectivas.

Otra categoría de plegarias cuyo rezo no es adecuado son las oraciones cuyo objeto es dañar a alguien. Si la oración, como la religión en conjunto, tiene por objeto engrandecer nuestra alma, no debe ser puesta al servicio de la mezquindad, la envidia o la venganza.

Se cuenta una historia acerca de dos tenderos que eran grandes rivales. Sus tiendas estaban una frente a la otra y se pasaban los días sentados en la puerta observando el negocio de su competidor.

Si uno de ellos recibía un cliente, le sonreía triunfante a su rival. Una noche, a uno de los tenderos se le apareció un ángel en sus sueños y le dijo:

-Dios me ha enviado a darte una lección. Te dará todo lo que pidas pero quiero que sepas que, sea lo que fuere, tu competidor del otro lado de la calle obtendrá el doble. ¿Quieres ser rico?

Puedes ser muy rico, pero él será el doble que tú. ¿Quieres vivir una vida larga y sana? Puedes, pero su vida será más larga y sana.

Puedes ser famoso, tener hijos de los cuales te enorgullecerás, todo lo que desees. Pero sea lo que fuere, él obtendrá el doble.

El hombre frunció el ceño, pensó unos instantes y dijo:

-Está bien, te pido que me dejes ciego de un ojo. Finalmente, no podemos rezar pidiéndole a Dios algo que está dentro de nuestras facultades, para evitamos el trabajo de hacerla.

Un teólogo contemporáneo escribió las siguientes palabras:

No podemos rogarte simplemente, Oh Dios, que termines las guerras; sabemos que creaste el mundo de tal modo que el hombre debe encontrar su propio camino hacia la paz dentro de sí mismo y con su vecino.

No podemos rogarte simplemente, Oh Dios, que termines con el hambre; ya nos has dado los recursos con los que se alimentaría todo el mundo si sólo los usáramos con sabiduría.

No podemos rogarte simplemente, Oh Dios, que destierres los prejuicios; ya nos has dado ojos con los que veríamos lo bueno en todos los hombres si sólo los usáramos correctamente.

No podemos rogarte simplemente, Oh Dios, que termines con la desesperación; ya nos has dado el poder de derrumbar y reconstruir los barrios pobres y dar esperanzas si sólo usáramos nuestro poder con justicia.

No podemos rogarte simplemente, Oh Dios, que termines con las enfermedades; ya nos has dado una mente clara con la cual buscar las curas y remedios, si sólo las usáramos en forma constructiva. por lo tanto, te rogamos, Oh Dios, nos des la fuerza, determinación y voluntad, para hacer en lugar de sólo rezar, para ser en lugar de sólo desear.

JACK RIEMER, Likrat Sbabbat

Si no podemos rezar por lo imposible, por lo antinatural, si no podemos rezar por venganza o irresponsabilidad para pedirle a Dios que haga el trabajo que nosotros debemos hacer, ¿por qué rezar? ¿Qué puede hacer la oración por nosotros? ¿Qué puede hacer la oración para ayudarnos cuando sentimos dolor?

Lo primero que hace la oración por nosotros es ponernos en contacto con otras personas, personas que comparten con nosotros las mismas preocupaciones, valores, sueños y dolores.


Yo creo que eso sigue siendo lo que la religión hace mejor. Inclusive las personas que, por lo general, no sienten inclinación por los rituales, aceptan una boda tradicional en presencia de amigos y vecinos, en la cual se pronuncian palabras familiares y se realizan ceremonias familiares aunque su matrimonio sería igualmente válido si se llevara a cabo en la privacidad de un juzgado de paz. Necesitamos compartir nuestras alegrías con otras personas y necesitamos aún más compartir

de la misma forma nuestros temores y nuestro dolor. La costumbre judía de la shiva, la semana recordatoria después de una muerte, como el velorio cristiano o la visita a la capilla, surgen de esta necesidad.

Cuando nos sentimos terriblemente solos, castigados por el destino, cuando sentimos la tentación de acurrucarnos en un rincón oscuro y sentir pena por nosotros mismos, necesitamos que nos recuerden que formamos parte de una comunidad, que las personas que nos rodean se preocupan por nosotros y que continuamos formando parte del flujo de la vida.

En ese punto, la religión estructura lo que hacemos, obligándonos a estar con otras personas ya permitirles que participen en nuestra vida.

Con frecuencia, cuando me reúno con una familia después de una muerte y antes del servicio funerario, me preguntan:

-¿Es necesario realmente que realicemos la shiva, que nuestra sala se llene de gente? ¿No podríamos pedirles que nos dejaran solos?
Y yo les respondo:
-No, dejar que la gente entre en esta casa, que comparta su dolor, es exactamente lo que ustedes necesitan en este momento.

Necesitan compartir con ellos, conversar, que otros los consuelen. Necesitan que les recuerden que todavía están vivos y forman parte de un mundo de vida.

En el ritual de duelo judío existe una costumbre maravillosa llamada de'udal halJra 'ah, la comida de reabastecimiento.

Al regresar del cementerio, se supone que los deudos no deben prepararse la comida (ni servir a los demás). Los deben alimentar otras personas, lo cual simboliza que la comunidad se congrega alrededor de ellos para apoyados y tratar de llenar el vacío que se produjo en su mundo.

Y cuando los deudos asisten al servicio para recitael Kaddish de los Deudos, la oración que se recita durante un año después de Una muerte, se sienten rodeados por una congregación que los apoya y los comprende. Ven y oyen a otros deudos, que sufren tanto como ellos, y se sienten menos aislados por la adversidad del destino.

Se sienten consolados por su presencia, por el hecho de que los acepten y consuelen en lugar de estar lejos de la comunidad como víctimas a quienes Dios ha considerado Conveniente castigar.

La oración, cuando se ofrece correctamente, redime a las personas del aislamiento. Les asegura que no tienen por qué sentirse solas y abandonadas.

Les hace saber que forman parte de una realidad más grande, más profunda, más esperanzada, más valiosa y más llena de futuro de la que podría tener un individuo por sí solo.

Asistimos a un servicio religioso, recitamos las oraciones tradicionales, no para encontrarnos con Dios (hay muchos otros lugares en los cuales podemos encontrarlos sino para encontrarnos con una congregación, para encontrar personas con las cuales podemos compartir las cosas que más significan para nosotros. 

Desde ese punto de vista, el mero hecho de poder rezar ayuda, ya sea que la oración cambie o no el mundo exterior.

El maravilloso narrador de historias Harry Colden pone esto de relieve en uno de sus cuentos. Cuando era joven, una vez le preguntó a su padre: -Si no crees en Dios, ¿por qué asistes con regularidad a la sinagoga?

-Los judíos van a la sinagoga por muchos motivos -le respondió su padre o Mi amigo Garfinkle, que es ortodoxo, va a conversar con Dios. Yo vaya conversar con Garfinkle.

Pero esa es sólo la mitad de la respuesta a nuestra pregunta: "¿Qué sentido tiene rezar?"; quizá la parte menos importante. Además de ponernos en contacto con otras personas, la oración nos pone en contacto con Dios.

No estoy seguro de que la oración nos ponga en contacto con Dios del modo en que lo cree mucha gente: que nos aproximamos a Dios como suplicantes, como mendigos que piden favores, o como un cliente que le presenta una lista de compras y le pregunta cuánto le costará.

La oración no es, fundamentalmente, una cuestión de pedirle a Dios que cambie las cosas. Si logramos comprender lo que puede y debería ser la oración, y nos liberamos de algunas expectativas poco realistas, estaremos más capacitados para recurrir a ella y a Dios, cuando más los necesitemos.

Permítanme comparar dos oraciones que están en la Biblia, pronunciadas por la misma persona, en casi las mismas circunstancias, con una diferencia de veinte años.

Las dos se encuentran en el Libro del Génesis, en el ciclo de historias sobre la vida de los patriarcas.

En el capítulo 28, Jacob es un hombre joven que pasa la primera noche lejos de su casa.

Ha dejado la casa de sus padres, después de haber discutido con su padre y hermano, y viaja a pie por la tierra de Aram para ir a vivir con su tío Labán.

Asustado y sin experiencia, avergonzado por lo que ha hecho en su hogar y sin saber lo que lo aguarda en la casa de Labán, dice una plegaria: 

"Si Dios me acompaña en esta aventura, me protege, me da alimentos para comer y ropa para cubrirme, y si regreso a salvo a la casa de mi padre, entonces el Señor será mi único Dios. Le dedicaré un altar y destinaré un décimo de todo lo que gane para Él".

La oración de Jacob en esas circunstancias es la de un joven asustado que se ha propuesto hacer algo difícil, no está seguro de poder lograrlo, y piensa que puede "sobornar" a Dios para que lo ayude.

Está dispuesto a convencer a Dios de que vale la pena protegerlo y hacerlo prosperar, y cree, aparentemente, en un Dios cuyos favores se pueden ganar y cuya protección se puede comprar con promesas de oraciones, caridad y veneración exclusiva.

Su actitud, muy similar a la de muchísima gente en la actualidad frente a una enfermedad o infortunio, se expresa del siguiente modo: 

"Por favor Dios, has que esto salga bien y haré todo lo que quieras.

Dejaré de mentir, iré a los servicios religiosos en forma regular" sólo tienes que decido y yo lo haré si me concedes lo que te pido".

Cuando no estamos involucrados personalmente, reconocemos que la actitud es inmadura y que la imagen de Dios que transmite es inmadura también.

Pensar de ese modo no es inmoral, pero carece de fundamentos. El mundo no funciona así. Las bendiciones de Dios no están en venta.

Finalmente, Jacob aprende la lección. El relato bíblico de su vida continúa: Jacob pasa veinte años en la casa de Labán.

Se casa con las dos hijas de Labán y tiene muchos hijos. Trabaja con ahínco y acumula una pequeña fortuna.

Después llega el día en que toma sus esposas e hijos, sus rebaños y manadas y regresa a su hogar. Llega a la misma orilla del río donde rezó en el capítulo 28.

En esta ocasión, también siente ansiedad y miedo. Se dirige nuevamente hacia un nuevo país, una situación desconocida. Sabe que al día siguiente tendrá que enfrentarse con su hermano Esaú, que amenazó con matarlo veinte años antes.

Una vez más, se pone a rezar. Pero en esa ocasión, como tiene veinte años más y es más sabio, ofrece una oración muy diferente de la primera.

En el capítulo 32 del Génesis, Jacob reza:"Dios de mi padre Abraham y de mi padre Isaac, no merezco las bondades que has derramado sobre mí. La última vez que crucé este río sólo tenía un bastón en mi mano, y ahora poseo dos campamentos.

Guárdame, te ruego, de mi hermano Esaú, pues le temo ... Pues fuiste Tú quien me dijo, 'haré que tu descendencia sea una multitud incontable como la arena del mar'''.

En otras palabras, en su oración, Jacob ya no intenta negociar con Dios, ni Le presenta una larga lista de pedidos: comida, ropa, prosperidad, un retorno seguro.

Reconoce que no existe moneda con la cual se pueda pagar a Dios Sus bendiciones y su ayuda.

La oración de la madurez de Jacob dice simplemente: "Dios, no tengo derecho a pedirte nada y tampoco nada que ofrecerte.

Ya me has dado más de lo que tenía derecho a esperar. Sólo hay un motivo por el cual recurro a Ti en este momento: te necesito.

Tengo miedo; mañana deberé enfrentar algo difícil y no estoy seguro de poder hacerla solo, sin Ti. 

Dios, una vez me diste motivos para creer que era capaz de hacer algo bueno en la vida. Si realmente lo pensabas, entonces será mejor que me ayudes ahora, porque no puedo manejar esto solo".

Jacob no le pide a Dios que aleje a Esaú, que merme su fuerza o borre mágicamente su memoria.

Sólo le pide que lo ayude a tener menos miedo, que le dé un indicio de que está de su parte, para poder manejar lo que le depare el día siguiente, y sabe que así podrá hacerla, porque si Dios le da una señal, no deberá enfrentarlo solo.

Esa es la clase de oración a la cual Dios responde. No podemos rogarle que libre nuestra vida de problemas; eso no sucederá, y quizá no sea del todo malo.

No podemos pedirle que nos haga inmunes, a nosotros y a los que amamos, a la enfermedad, porque no puede hacerla. No podemos pedirle que nos proteja con un sortilegio para que las cosas malas les sucedan solamente a los demás y jamás a nosotros.

Las personas que rezan por milagros por lo general no los obtienen, como tampoco obtienen lo que piden los niños que rezan por una bicicleta, buenas notas o un novio.

Pero las personas que rezan pidiendo valor, fortaleza para soportar lo in soportable, gracia para recordar lo que sigue teniendo en lugar de lo que han perdido, descubren con mucha frecuencia que su ruego da resultado.

Descubren que poseen más fortaleza, más valor del que jamás pensaron que tenían. ¿De dónde lo obtuvieron? Me agradaría creer que sus oraciones les ayudaron a encontrar esa fortaleza.

Sus oraciones les ayudaron a encontrar reservas ocultas de fe y valor que no estaban a su disposición con anterioridad.

La viuda que me pregunta el día del funeral de su esposo: "¿Qué razón tengo para vivir ahora?", y sin embargo a medida que pasan las semanas encuentra razones para despertar cada mañana y esperar con ansias el nuevo día; el hombre que perdió su trabajo o tuvo que cerrar su empresa y me dice: 

"Rabino, estoy demasiado viejo y cansado para empezar de nuevo", pero de todos modos lo hace; ¿de dónde sacaron la fortaleza, la esperanza, el optimismo que no tenían el día en que me hicieron esas preguntas?

 Me gustaría creer que los recibieron del contexto de una comunidad preocupada, de personas que les demostraron que se interesaban por ellos, y de la convicción de que Dios está del lado de los afligidos y de los abatidos.

Si pensamos que la vida es una especie de olimpíada, podemos decir que algunas de sus crisis son carreras cortas. Requieren la máxima concentración emocional durante un breve período.

Después terminan, y la vida regresa a la normalidad. Pero otras crisis son carreras largas. Exigen que mantengamos la concentración durante un período mucho más largo, y eso resulta mucho más difícil.

He visitado en sus camas de hospital a personas que sufrieron quemaduras graves o se quebraron la columna en un accidente.

Durante los primeros días, están agradecidas de estar vivas y llenas de confianza. "Soy un luchador; vaya superar esto."

En esos primeros días, los amigos y la familia no se alejan ni un centímetro de su lado, les dan constantemente su apoyo y se preocupan por su bienestar.

Después, a medida que transcurren las semanas Y los meses, la larga duración de la crisis comienza a hacer estragos tanto en el paciente como en su familia.

El enfermo se impacienta con la uniformidad de la rutina diaria y la falta de progresos visibles.
Se enoja consigo mismo por no curarse más rápido, con los médicos por no tener la magia que produciría resultados instantáneos.

La esposa que era solícita cuando se diagnosticó el cáncer de pulmón de su esposo, comienza a volverse quisquillosa e impaciente. "Por supuesto que siento pena por él, pero yo también tengo necesidades.

Durante años trabajó hasta agotarse, descuidó su salud, y ahora que sufre las consecuencias pretende que renuncie a mi vida y me convierta en su enfermera. Ama a su esposo, por supuesto, y se siente muy mal por el hecho de que esté enfermo.

¿Dónde obtienen esos padres la fortaleza que necesitan para continuar así día tras día? ¿Y cómo hace el hombre que sufre un cáncer inoperable, o la mujer con mal de Parkinson, para encontrar las fuerzas y la razón para levantarse cada mañana y enfrentar un nuevo día, si no tienen perspectivas de llegar a un final feliz?

Creo que para esas personas, la respuesta también es Dios, pero no del mismo modo. No creo que Dios cause el retraso mental de los niños, ni elija quiénes deben sufrir una distrofia muscular y quiénes no.
El Dios en el cual yo creo no nos envía el problema; nos da la fortaleza para enfrentado.

¿Dónde obtenemos la fortaleza para seguir adelante cuando ya usamos toda la propia? ¿A quién recurrimos en busca de paciencia cuando la nuestra se agota, cuando tuvimos paciencia durante más años de los que nadie podría soportar, y el final no está a la vista?

 Yo creo que Dios nos da fortaleza y paciencia y esperanza, Y que renueva nuestros recursos espirituales cuando se agotan.

¿De qué otro modo lograrían los enfermos reunir más fortaleza y buen humor durante el curso de una enfermedad prolongada que los que podría tener cualquier otra persona, a menos que Dios estuviera reabasteciendo sus almas constantemente? 

¿De qué otro modo encontrarían las viudas el valor para recoger los trozos de su vida y salir a enfrentar el mundo solas, si el día del funeral de su esposo no tenían ese valor?

¿De qué otro modo se despertarían cada mañana los padres de un niño retrasado o con daño cerebral para encarar sus obligaciones, a menos que pudieran apoyarse en Dios cuando sus fuerzas flaquearan?

No tenemos que rogarle o sobornarlo para que Dios nos dé fortaleza, esperanza o paciencia.
Sólo debemos recurrir a Él, admitir que no podemos hacerlo solos y comprender que soportar con valor una larga enfermedad es una de las cosas más humanas, y una de las más divinas, que podemos hacer.

Uno de los hechos que me reafirma constantemente que Dios es real, y no sólo una idea formulada por líderes religiosos, es que la gente que reza pidiendo fortaleza, esperanza y valor descubre frecuentemente recursos de fortaleza, esperanza y valor que no poseía antes de rezar.

 “¿Si Dios no puede curar mi enfermedad, para qué sirve? ¿Quién lo necesita?” Dios no desea que estés enfermo o tullido. Él no te causó este problema y no desea que continúes teniéndolo, pero no puede hacer que desaparezca. Eso es demasiado difícil, inclusive para Dios.

¿Para qué sirve, entonces? Dios hace que la gente se convierta en médicos y enfermeras para que traten de hacerte sentir mejor. Dios nos ayuda a ser valientes inclusive cuando estamos enfermos y asustados, y nos asegura que no debemos enfrentar solos nuestros temores y dolores.

La explicación convencional de que Dios nos envía una carga porque sabe que somos lo suficientemente fuertes para soportarla, no es exacta. El destino, no Dios, nos envía el problema.

Cuando tratamos de enfrentarlo, descubrimos que no somos Fuertes. Somos débiles; nos cansamos, nos enojamos, la situación nos supera. Comenzamos a preguntarnos cómo haremos para vivir los años que tenemos por delante.

Pero cuando llegamos al límite de nuestra propia fuerza y valor, sucede algo inesperado. Descubrimos que nos llegan refuerzos de una fuente externa a nosotros. Y al saber que no estamos solos, que Dios está de nuestro lado, logramos seguir adelante.

Con estas palabras le respondí a la joven viuda que cuestionó la eficacia de la oración. Su esposo había muerto de cáncer, y ella me dijo que cuando él era un enfermo terminal, había rezado por su recuperación. Sus padres, sus parientes políticos y sus vecinos habían rezado.



RESUMEN DEL LIBRO CUANDO LA GENTE BUENA SUFRE (HAROLD S. KUSHNER)

No hay comentarios.:

Publicar un comentario