lunes, 25 de enero de 2016

ENTONCES, ¿PARA QUÉ SIRVE LA RELIGIÓN?




CAPITULO: 8 ENTONCES, ¿PARA QUÉ SIRVE LA RELIGIÓN?

En cierto modo, hace quince años que escribo este libro. 

Desde el día en que escuché por primera vez la palabra "progeria" y me dijeron su significado, sabía que un día debería enfrentar la declinación y muerte de Aarón.

 Y sabía que, después de su muerte, sentiría la necesidad de escribir un libro, para compartir con los demás la historia de cómo logramos seguir creyendo en Dios y en el mundo a pesar de nuestro gran dolor.

No sabía qué título le pondría, y no estaba totalmente seguro de lo que diría. Pero sabía que la página siguiente al título contendría una dedicatoria a Aarón.

Con los ojos de mi mente, podía visualizar la dedicatoria y, debajo de ella, la cita de la Biblia, las palabras del Rey David después de la muerte de su hijo: “¡Absalón, hijo mío! ¿Por qué no habré muerto yo en tu lugar?”

Pero un día, un año y medio después de la muerte deAaron, noté que estaba visualizando esa página de un modo diferente. 

En lugar del pasaje en el cual David desea estar muerto y su hijo vivo, vi con los ojos de mi mente las palabras de David después de la muerte de otro niño fallecido.

Con anterioridad, el pasaje que finalmente utilicé,en parte, en la dedicatoria de este libro:

Pero David advirtió que sus servidores hablaban sigilosamente entre ellos, y comprendió que el niño había muerto. 

Entonces les preguntó: "¿Ha muerto el niño?" Y ellos le dijeron: "Sí, está muerto".

David se levantó del suelo, se bañó, se perfumó y se cambió de ropa. 

Luego entró en la Casa del Señor y se postró. Una vez que volvió a su casa, pidió que le sirvieran de comer y comió.

Sus servidores le dijeron: "¿Qué modo de proceder es este? Cuando el niño estaba vivo, ayunabas y llorabas. ¡Y ahora que él ha muerto, te levantas y te pones a comer!" 

Él respondió:

"Mientras el niño vivía, yo ayunaba y lloraba, pensando: '¿Quién sabe? A lo mejor el Señor se apiada de mí y el niño se cura'. Pero ahora que está muerto, ¿para qué voy a ayunar? ¿Acaso podré hacerlo volver? Yo iré hacia él, pero él no volverá hacia mí". (II Samuel 12:19-23)

Supe, entonces, que había llegado el momento de escribir mi libro. 

Había superado la lástima que sentía por mí mismo y aceptaba la muerte de mi hijo. 

Un libro que le hablara a la gente de mi dolor no sería beneficioso para nadie. Debía ser un libro que afirmara la vida. Tendría que decir que nadie nos prometió nunca una vida exenta de dolores y decepciones. 

Lo máximo que nos prometieron fue que no estaríamos solos en nuestro dolor, y que podríamos recurrir a una fuente externa a nosotros para obtener la fortaleza y el valor que necesitáramos para superar las tragedias y las injusticias de la vida.

Yo soy una persona más sensible, un pastor más eficaz, un consejero más comprensivo debido a la vida y la muerte de Aaron de lo que jamás lo hubiera sido sin ellas. 

Y renunciaría a todo eso en un segundo si pudiera tener nuevamente a mi hijo conmigo. 

Si pudiera elegir, renunciaría al crecimiento y profundidad espirituales que he obtenido a partir de nuestras experiencias, y sería lo que era hace quince años, un rabino promedio, un consejero indiferente que ayudaba a algunas personas y no podía ayudar a otras, para ser el padre de un niño brillante y feliz.

Pero no puedo elegir.

Creo en Dios. 

Pero no creo las mismas cosas acerca de Él que creía hace muchos años cuando estaba creciendo o cuando era un estudiante de teología. 

Reconozco sus limitaciones. Lo que Él puede hacer está limitado por las leyes de la naturaleza y por la evolución de la naturaleza humana y la libertad moral humana. 

Ya no hago a Dios responsable de las enfermedades, los accidentes y los desastres naturales porque comprendo que gano muy poco y pierdo mucho cuando culpo a Dios de esas cosas. 

Puedo venerar a un Dios que detesta el sufrimiento pero no puede suprimirlo, con más facilidad de la que puedo venerar a un Dios que elige hacer sufrir y morir a los niños, por más elevadas que sean sus razones.

Hace algunos años, cuando estaba de moda la teología de la "muerte de Dios", recuerdo haber visto un autoadhesivo que decía: "Mi Dios no está muerto; lamento que el tuyo lo esté". Creo que mi autoadhesivo debería decir: "Mi Dios no es cruel; lamento que el tuyo lo sea".

Dios no causa nuestras desgracias. 

Algunas se originan en la mala suerte, otras por los actos de malas personas, y otras, simplemente, como consecuencia inevitable de que seamos humanos y mortales y vivamos en un mundo de leyes naturales inflexibles. 

Las cosas dolorosas que nos suceden no son castigos por nuestra mala conducta, ni tampoco forman parte de un plan maestro de Dios. 

Debido a que la tragedia no se produce por voluntad de Dios, no debemos sentimos heridos o traicionados por Dios cuando la tragedia nos golpea. 

Podemos recurrir a Él en busca de ayuda para superarla, precisamente porque podemos decimos que Dios está tan indignado por ella como nosotros.

"¿Significa eso que mi sufrimiento no tiene sentido?" Ese es el desafío más importante que debe enfrentar el punto de vista que sostengo en este libro. 

Somos capaces de soportar casi cualquier dolor o decepción si pensamos que existe una razón para ello, que tiene un fundamento.

Pero inclusive una carga mucho más pequeña nos resulta insoportable si consideramos que no tiene sentido. 

Los pacientes de los hospitales de veteranos que han recibido heridas graves en combate se adaptan con más, facilidad a sus heridas que los pacientes que han sufrido la misma herida cuando estaban jugando al basquet o nadando en una piscina porque se pueden decir a sí mismos que sus sufrimientos se deben, por lo menos, a una buena causa. 

Del mismo modo, los padres que se pueden convencer de que la discapacidad de su hijo sirve a algún objetivo, la aceptan mejor.

¿Recuerdan la historia bíblica acerca de Moisés, en el capítulo 32 del Éxodo? En esa historia, Moisés bajó del Monte Sinaí y vio a los israelitas adorando el becerro de oro. 

Entonces, arrojó al suelo las piedras de los Diez Mandamientos Y se hicieron trizas. 

Una leyenda judía relata que cuando Moisés bajaba de la montaña con las dos piedras en las cuales Dios había escrito los Diez Mandamientos, no tuvo problemas para cargarlas aunque eran pesadas y grandes y el sendero, empinado. 

Después de todo, aunque eran pesadas, estaban escritas por Dios y eran valiosas para él.

Pero según la leyenda, cuando Moisés llegó al lugar donde se encontraba la gente bailando alrededor del becerro de oro, las palabras desaparecieron de la piedra. 

Las rocas volvieron a ser piedras en blanco y entonces le resultaron demasiado pesadas y no pudo sostenerlas.

Somos capaces de soportar cualquier carga si pensamos que lo que estamos haciendo tiene un significado. 

Cuando digo que no son enviadas por Dios como parte de Su plan maestro, ¿he hecho acaso que a la gente le resulte más difícil aceptar sus enfermedades, sus tragedias, sus desdichas familiares?

Permítanme sugerirles que las cosas malas que nos suceden durante nuestra vida carecen de significado cuando nos suceden a nosotros. 

No se producen por ninguna buena razón que haría que las aceptáramos de buen grado.

Pero podemos darles un significado. Podemos redimir esas tragedias de su carencia de sentido, imponiéndoles mi significado desde nosotros mismos. La pregunta que debemos hacernos no es: " ¿Por qué me sucede esto a mí? ¿ Qué hice para merecer esto?" Esa es, en realidad, una pregunta inútil y sin respuesta. 

Sería preferible preguntarnos: "Ahora que me ha sucedido esto, ¿qué voy a hacer al respecto?"

Martin Gray, sobreviviente del gueto de Varsovia y del Holocausto, relata su vida en un libro titulado Por aquellos que amé. 

Cuenta que, después del Holocausto, rehízo su vida, tuvo éxito, se casó y formó una familia. La vida le parecía buena después de los horrores del campo de concentración. 

Pero un día, su esposa e hijos fallecieron cuando un incendio forestal destruyó su casa en el sur de Francia. Gray estaba desesperado,esa nueva tragedia lo llevó al borde de la locura.

La gente le insistía en que exigiera una investigación para averiguar las causas del incendio, pero él prefirió emplear sus recursos en un movimiento para proteger la naturaleza de incendios futuros.

Gray explicó que una investigación se concentraría únicamente en el pasado, en cuestiones de dolor, pena y culpa. 

Él deseaba concentrarse en el futuro.La investigación lo enfrentaría con otras personas -" ¿alguien cometió una negligencia?, ¿de quién fue la culpa?" -, y enfrentarse a los demás, buscar un villano, acusar a otras personas por el dolor propio, sólo deja más sola a una persona que ya lo está. La vida, concluyó, debe ser vivida por algo, no contra algo.

Nosotros también debemos superar las preguntas que se concentran en el pasado y en el dolor –“¿por qué me sucedió esto a mí?”- y hacernos, en cambio, la pregunta que abre las puertas del futuro: "Ahora que me ha sucedido esto, ¿qué voy a hacer al respecto?"

Permítanme citar nuevamente a Dorothee Soelle, la teóloga alemana que cité en el capítulo 5, cuando preguntaba de qué lado pensábamos que estaba Dios en los campos de concentración, del lado de los asesinos o del lado de las víctimas. 

Soelle, en su libro Sufrimiento, sugiere que "la pregunta más importante que podemos hacer acerca del sufrimiento es a quién le resulta útil. ¿Sirve nuestro sufrimiento a Dios o al diablo, la causa de estar vivos o de estar moralmente paralizados?"

Soelle no desea que nos concentremos en el origen de la tragedia sino en el punto hacia el cual nos lleva. En ese contexto se refiere a los "mártires del demonio". ¿Qué significado le da a esa frase?

Estamos familiarizados con la idea de que varias religiones honran la memoria de mártires por Dios, personas que murieron para dar testimonio de su fe.

Al recordar su fe frente a la muerte, nuestra propia fe se fortalece. Esas personas son mártires de Dios.

Pero las fuerzas de la desesperación y el descreimiento también tienen sus mártires, personas cuya muerte debilita la fe de otras personas en Dios y en Su mundo.

Si la muerte de una anciana en Auschwitz o de un niño en una sala de hospital nos hacen dudar de Dios y no nos permiten afirmar las bondades del mundo, entonces esa mujer 

Y ese niño se convierten en "mártires del demonio", san testimonios contra Dios, contra la plenitud de sentido de una vida moral, en lugar de ser testimonios a favor de Él. 

Pero (y este es el punto más importante de Soelle) no son las circunstancias de su muerte las que los convierten en testigos a favor o en contra de Dios. Sino nuestra reacción frente a su muerte.

Los hechos de la vida y de la muerte son neutrales.Nosotros, con nuestra respuesta, le damos al sufrimiento un significado positivo o negativo. 

Las enfermedades, los accidentes, las tragedias humanas matan gente. Pero no matan, necesariamente, la vida o la fe. 

Si la muerte y sufrimiento de una persona amada nos vuelve amargados, envidiosos, nos aparta de la religión, nos incapacita para ser felices, nosotros convertimos a la persona que falleció en uno de los "mártires del demonio". 

Si el sufrimiento y la muerte de alguien muy próximo a nosotros nos hace explorar los límites de nuestra capacidad de fortaleza, amor y alegría, si nos lleva a descubrir fuentes de consuelo que no sabíamos que existían, entonces nosotros convertimos a esa persona en un testigo de la reafirmación de la vida en lugar de su rechazo.

Eso significa, sugiere Soelle, que aún podemos hacer algo por las personas que quisimos y perdimos.

No podemos mantenerlos Con vida. Quizá, ni siquiera podamos atenuar su dolor. Pero podemos hacer algo crucial por ellos después de su muerte: hacerlos testigos de Dios y de la vida, en lugar de convertirlos, con nuestra desesperación y pérdida de fe, en los "mártires del demonio".

Los muertos dependen de nosotros para su redención y su inmortalidad.

Las palabras de Soelle nos indican que podemos actuar positivamente frente a una tragedia.

Pero, D' el rol de Dios? Si Dios no causa las cosas malas que le suceden a la gente buena, y si no puede impedirlas, ¿para qué sirve?

En primer lugar, Dios ha creado un mundo en el cual suceden muchas más cosas buenas que cosas malas. 

Los desastres de la vida nos perturban no sólo porque son dolorosos sino porque son excepcionales. La mayoría de las personas se despierta sintiéndose bien la mayoría de los días.

La mayoría de las enfermedades son curables. La mayoría de los aviones decolan y aterrizan a salvo.

La mayoría de las veces, cuando dejamos salir a jugar a nuestros hijos, regresan a salvo a casa. 

El accidente, el robo, el tumor inoperable son excepciones desgarradoras, pero son excepciones que se
producen muy raras veces. 

Cuando una tragedia nos golpea, sólo podemos ver y sentir la tragedia. Sólo con el correr del tiempo y tomando distancia, podemos ver la tragedia en el contexto de una vida completa y un mundo completo. 

En la tradición judía, la oración especial que se conoce como el Kaddish de los Deudos no versa acerca de la muerte sino de la vida y alaba a Dios por haber creado un mundo básicamente bueno en el cual es posible vivir. 

Al recitar esa oración, los deudos recuerdan todo lo bueno, aquello por lo que vale la pena vivir. Hay una diferencia crucial entre negar la tragedia, insistiendo en que todo es para bien, y ver la tragedia en el contexto de una vida completa, conservando los ojos y la mente fijos en lo que nos ha enriquecido y no solamente en lo que hemos perdido.

¿Qué diferencia marca Dios en nuestra vida, si Él no mata ni cura? Dios inspira a las personas para que ayuden a otras personas que han recibido una herida de la vida y, al ayudarlas, las protegen del peligro de sentirse solas, abandonadas o juzgadas. 

Dios hace que algunas personas deseen ser médicos y enfermeras, y que pasen día y noche haciendo sacrificios que no se pueden compensar con todo el dinero del mundo para Conservar la vida y aliviar el dolor. Dios mueve a otras personas a que deseen ser investigadores y concentren su inteligencia y energía en las causas y curas posibles para algunas de las tragedias de la vida. 

Cuando yo era niño, el principio del verano tenía el clima más agradable del año en la ciudad de Nueva York, pero era una época de temor para las familias jóvenes porque podía desatarse una epidemia de polio. 
Pero los seres humanos emplearon la inteligencia que les dio Dios para eliminar ese temor. 

En toda la historia de la humanidad hubo plagas y epidemias que destruyeron ciudades completas. 

La gente consideraba que debía tener seis u ocho hijos para que, por lo menos,algunos sobrevivieran hasta la edad adulta. 

La inteligencia humana ha llegado a una mayor comprensión de las leyes naturales en lo que respecta a higiene, gérmenes, inmunización, antibióticos, y ha logrado eliminar muchos de esos flagelos.

Dios, que no causa ni impide las tragedias, ayuda dándoles a las personas inspiración y deseos de ayudar. 

Como dijo un rabino jasídico del siglo XIX:


"Los seres humanos son el lenguaje de Dios". Dios no demuestra su oposición al cáncer y los defectos congénitos eliminándolos o haciendo que les sucedan sólo a las personas malas (no puede hacerla), sino convocando a amigos y vecinos para que alivien la carga y llenen el vacío.


Del mismo modo, creo firmemente que Aaron sirvió a los fines de Dios, no por el hecho de estar enfermo y tener un aspecto extraño (no existen motivos para que Dios pudiera desear semejante cosa), sino por enfrentar con valentía su enfermedad y los problemas que le causaba su aspecto. Sé que su valor y el hecho de que lograra vivir una vida plena, a pesar de sus limitaciones, afectó a sus amigos y compañeros. 

Y sé que las personas que conocieron a nuestra familia pudieron manejar los momentos difíciles de su vida con más esperanza y valor cuando vieron nuestro ejemplo. Considero que ésas son las ocasiones en las cuales Dios incita a la gente que está aquí, en la Tierra, a ayudar a otra gente que lo necesita.

Y, finalmente, a la persona que pregunta: " ¿Para qué sirve Dios? ¿Quién necesita la religión, si esas cosas le suceden por igual a la gente buena y a la mala?", yo le diría que si bien Dios no puede impedir la desgracia, puede damos la fortaleza y la perseverancia para superarla.

¿Dónde más podríamos obtener esas cualidades que no poseíamos con anterioridad? El ataque al corazón que hace trabajar menos al empresario de cuarenta y seis años, no proviene de Dios, pero la determinación a cambiar el estilo de vida, dejar de fumar, preocuparse menos por expandir su empresa y más por estar con su familia, porque ha comprendido qué parte de su vida es realmente importante para él, todo eso proviene de Dios.

Dios no propicia los ataques al corazón; ellos son la respuesta de la naturaleza a los excesos a los cuales se somete al organismo.

Pero Dios propicia la autodisciplina y el formar parte de una familia.

La inundación que destruye un pueblo no es un "acto de Dios", aunque a las compañías de seguros les resulte útil darle ese nombre. 

Pero podemos llamar actos de Dios a los esfuerzos que hace la gente para salvar vidas, arriesgando la suya por una persona que quizá no conoce, Y a la determinación de reconstruir la comunidad después de que hayan retrocedido las aguas.

Cuando una persona está muriendo de cáncer, no hago responsable a Dios del cáncer o del dolor que sufre. 

Sus causas son otras. Pero he comprobado que Dios les da a esas personas la fortaleza para tomar cada día tal como viene, para agradecer un día de solo un día en el cual están relativamente libres de dolor.

Cuando gente que nunca fue particularmente fuerte se vuelve fuerte frente a la adversidad, cuando gente que tendía a pensar solamente en sí misma se vuelve generosa y heroica en una emergencia, tengo que preguntarme dónde obtuvieron esas cualidades que ellas mismas reconocen no haber tenido antes. 

Mi respuesta es que ese es uno de los modos en que Dios noS ayuda cuando sufrimos más de lo que pueden soportar nuestras fuerzas.


La vida no es justa. Gente que no debe enfermar, enferma; y gente que no debe sufrir un robo, lo sufre; y gente que no debe morir en guerras y accidentes, muere. 

Algunas personas, al ver las injusticias de la vida, deciden: "Dios no existe; el mundo es un caos". 

Otros ven las mismas injusticias Y se preguntan: " ¿De dónde proviene mi sentido de lo que es justo y de lo que es injusto? ¿De dónde proviene mi sentido de indignación, mi respuesta instintiva de compasión cuando leo en el periódico acerca de un extraño que recibió una herida de la vida? ¿Acaso no provienen de Dios? ¿No me transmitirá un poquito de su indignación divina ante la injusticia y la opresión, tal como hacía con los profetas de la Biblia? ¿No es mi sentimiento de compasión por los afligidos un reflejo de la compasión que Él siente cuando ve sufrir a Sus criaturas?" 

El hecho de que respondamos a las injusticias de la vida con compasión y justa indignación, la compasión y la ira de Dios que se manifiestan a través de nosotros, es quizá la prueba más evidente de la realidad de Dios.

Sólo la religión puede reafirmar el sentido de autoestima de la persona afligida. 

La ciencia puede describir lo que le ha sucedido a una persona; sólo la religión puede darle el nombre de tragedia. 

Sólo la voz de la religión, cuando se libera de la necesidad de defender y justificar a Dios por todo lo que sucede, puede decirle a la persona que sufre: "Eres una buena persona y te mereces algo mejor. Permíteme que me siente junto a ti para que sepas que no estás solo".

Ninguno de nosotros puede ignorar el problema de por qué le suceden cosas malas a la gente buena. 

Tarde o temprano, cada uno de nosotros se encuentra desempeñando uno de los roles de la historia de Job, ya sea como víctima de la tragedia, como miembro de la familia, o como amigo que brinda consuelo. 

Las preguntas no varían jamás; y la búsqueda de respuestas satisfactorias continúa.

En nuestra generación, el gran poeta Archibald MacLeish nos ha dado su versión de la historia de Job en un escenario moderno.

La primera parte de .su drama poético J. B. cuenta la historia conocida.

J. B., el personaje paralelo a Job, es un empresario exitoso rodeado por una familia atractiva y afectuosa. Después, sus hijos mueren uno tras otro. 

Su empresa quiebra, su salud se resiente.

Finalmente, una guerra nuclear destruye toda su ciudad y gran parte del mundo.
Tres amigos van a "consolar" a J. B., igual que en el relato bíblico, y aquí también sus palabras son más de justificación que de consuelo. 

En la versión de MacLeish, el primer amigo es un marxista que le asegura a J B. que no es culpable de ninguno de sus sufrimientos. Sólo tuvo la mala suerte de ser miembro de la clase económica equivocada en el momento equivocado.

Era un capitalista en el momento en que el capitalismo estaba en declinación. Si hubiera llevado la misma vida en otro siglo, no hubiese sido castigado. No está sufriendo por sus propios pecados.

Simplemente se puso en el camino de la fuerza arrolladora de la necesidad histórica. J.B. no halla consuelo en esa opinión que toma su tragedia personal demasiado a la ligera, pues lo ve únicamente como miembro de una clase determinada.

El segundo amigo es un siquiatra. J. B. no es culpable, le dice, porque la culpa no existe.
Ahora que conocemos cómo funcionan los seres humanos, sabemos que no podemos elegir. Sólo pensamos que elegimos. En realidad, sólo respondemos al instinto. No actuamos; actúan sobre nosotros. Por lo tanto, no tenemos ninguna responsabilidad ni culpa.


J. B. le responde que esa solución, que lo describecomo la víctima pasiva de instintos ciegos, lo despoja de su humanidad. "Preferiría sufrir cualquier sufrimiento indecible que me enviara Dios, sabiendo que fui... yo quien actuó, yo quien eligió, en lugar de lavarme las manos como lo haces tú en esa deshonrosa inocencia."

El tercer y último amigo es un clérigo. 

Cuando J. B. le pregunta por qué pecado está siendo castigado tan duramente, le responde: "Tu pecado essimple. Naciste hombre. ¿Cuál es tu culpa? El corazón del hombre es malvado. ¿Qué hiciste? La voluntad del hombre es malvada". J. B. es un pecador que merece ser castigado no por algo específico que haya hecho sino porque es un ser humano, y los seres humanos son, inevitablemente, imperfectos y pecadores. 

J. B. le responde: "El tuyo es el consuelo más cruel de todos, pues convierte al Creador del Universo en el mal creador de la humanidad, un cómplice de los crímenes que Él castiga". J. B. no puede recurrir en busca de ayuda y consuelo a un Dios que ha hecho al hombre imperfecto y después lo castiga por sus imperfecciones.

J. B. rechaza las explicaciones de los tres amigos y encara al Mismo Dios, y como en la
Biblia, Dios responde abrumando a J. B. con Su grandiosidad, citando líneas directamente del discurso bíblico desde el torbellino.

Hasta ese punto, MacLeish se atiene a la historia bíblica de Job, pero en un escenario
moderno. Su final, sin embargo, es totalmente diferente. 

En la Biblia, la historia termina cuando Dios recompensa a Job todos sus sufrimientos y le da una nueva salud, nuevas riquezas y nuevos hijos. En la obra dramática, no hay recompensas celestiales en la escena Final.

Por el contrario, J. B. regresa junto a su esposa y ambos se disponen a seguir viviendo juntos y formar una nueva familia.

El amor entre ambos, y no la generosidad de Dios, proveerá nuevos hijos para reemplazar a los que murieron.

J. B. perdona a Dios y toma la decisión de continuar viviendo. Su esposa le dice: "Tú
deseabas justicia, ¿no es así? Pero no hay justicia... “sólo amor”. Los dos narradores, que representan las perspectivas de Dios y Satán, están desconcertados. ¿Cómo es posible que una persona que sufrió tanto en la vida, desee más vida? "¿Quién representa el papel de héroe, Dios o él? ¿Puede perdonarse a Dios?""¿No es así? Quizá recuerdes que Job era inocente.

" El Job de MacLeish no responde al problema del sufrimiento humano con teología o psicología: en lugar de eso, opta por seguir viviendo, por seguir creando nueva vida. Perdona a Dios por no haber hecho un universo más justo Y decide aceptarlo tal como es. Deja de buscar la justicia, la equidad en el mundo, y comienza a buscar el amor.


En las conmovedoras líneas finales, la esposa de Job dice:

Las velas de las iglesias se han apagado, las estrellas ya no están en el cielo. Soplemos sobre los carbones del corazón quemado, y ya veremos, ya veremos...

El mundo es un lugar frío e injusto que destruyó todo lo que los dos valoraban. y sin embargo, en lugar de darse por vencidos, en lugar de buscar respuestas en el exterior, en las iglesias
o en la naturaleza, buscan en su interior su propiacapacidad de amar. "Soplemos sobre los carbones del corazón" buscando la poca luz y tibieza que podamos reunir para seguir adelante.

En Dimensiones de Job, editado por Nahum N. Glatzer, MacLeish escribió un ensayo
explicando lo que había intentado decir al final desu obra de Job. "El hombre depende de Dios para todas las cosas; Dios depende del hombre para una.

Sin el amor del Hombre, Dios no existe como Dios, solamente como creador, y el amor es lo únicoque nadie, ni siquiera el Mismo Dios, puede ordenar. Si no se entrega con libertad, no es nada.Y es más amor, más libre, cuando se ofrece a pesar del sufrimiento, la injusticia y la muerte." 

No amamos a Dios porque es perfecto. No lo amamos porque nos protege de todo mal e impide que nos sucedan cosas malas. No lo amamos porque le tememos ni porque nos causará daño si le damos la espalda. 

Lo amamos porque es Dios, porque es el autor de todo lo bello y del orden quenos rodea, la fuente de nuestra fortaleza y la esperanza y el valor que están dentro de nosotros, y de la fortaleza, la esperanza y el valor de otraspersonas que nos ayudan en momentos de necesidad. 

Lo amamos porque es la mejor parte de nosotros mismos y de nuestro mundo. 

Ese es el significado del amor. El amor no es la admiración de la perfección, sino la aceptación de una persona imperfecta con todas sus imperfecciones, porque amarla y aceptarla nos hace mejores y más fuertes.


¿Existe una respuesta para la pregunta de por qué le suceden cosas malas a la gente buena?

Eso depende del significado que le demos a la palabra "respuesta". Si queremos decir: "¿existe una explicación que haga que todo tenga sentido?" 

¿porqué hay cáncer en el mundo?, ¿por qué mi padre enfermó de cáncer?, ¿por qué se estrelló el avión?, ¿por qué murió mi hijo?-, entonces es probable que no exista una respuesta satisfactoria.

Podemos ofrecer explicaciones eruditas pero, en definitiva, una vez que hayamos cubierto todos los casilleros del tablero y nos sintamos orgullosos de nuestra inteligencia, el dolor y la angustia y la sensación de injusticia no habrán desaparecido.

Pero la palabra "respuesta" puede significar "contestación" además de "explicación" y, en ese sentido, puede haber una respuesta satisfactoria a las tragedias de nuestra vida.

La respuesta sería la contestación de Job en la versión de la historia bíblica de MacLeish: perdonar al mundo por no ser perfecto, perdonar a Dios por no hacer un mundo mejor, acercarnos a la gente que nos rodea, y continuar viviendo a pesar de todo.

En el análisis final, la pregunta de por qué le suceden cosas malas a la gente buena se convierte en varias preguntas diferentes, que ya no preguntan por qué sucedió algo sino cómo responderemos, qué haremos una vez que haya sucedido.

¿Son ustedes capaces de perdonar y aceptar con amor a un mundo que los ha decepcionado porque no es perfecto, un mundo en el cual existen la injusticia y la crueldad, la enfermedad y el crimen, los terremotos y los accidentes?

¿Pueden perdonar sus imperfecciones y amado porque está preparado para contener grandes bellezas y bondades, y porque es el único mundo que tenemos? 

¿Son ustedes capaces de perdonar y amar a las personas que están alrededor, aun si los han herido y defraudado debido a que no son perfectas? ¿Pueden perdonadas y amadas porque no existe
ninguna persona perfecta y porque el precio que se paga por no poder amar a las personas imperfectas es la soledad?

¿Son ustedes capaces de perdonar y amar a Dios aunque hayan descubierto que no es perfecto, y los haya defraudado y decepcionado al permitir que exista la mala suerte, la enfermedad y la crueldad en Su mundo, y que algunas de esas cosas les sucedieran a ustedes? 

¿Pueden aprender a amarlo y perdonado a pesar de Sus limitaciones, como Job, como aprendieron a perdonar y amar a sus padres aunque no fueran tan sabios, tan fuertes o tan perfectos como ustedes necesitaban que fueran?

y si pueden hacerlo, ¿podrán reconocer que la capacidad de perdonar y la capacidad de amar
Son las armas que Dios nos ha dado para permitirnos vivir plenamente, con valentía, y dándole un significado a nuestra vida en este mundo imperfecto?

Pienso en Aaron y en todo lo que su vida me enseñó,y soy consciente de lo mucho que perdí y de lo mucho que gané. El ayer me parece menos doloroso, y no le temo al mañana.



RESUMEN DEL LIBRO CUANDO LA GENTE BUENA SUFRE (HAROLD S. KUSHNER)

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